En 1982, cientos de jóvenes judíos argentinos cruzaron el Atlántico para pelear en Malvinas. Cumplían con el servicio militar obligatorio, como todos. Pero muchos de ellos volvieron con una herida que no figuraba en los partes de guerra: además de enfrentar al enemigo británico, tuvieron que resistir el antisemitismo de sus propios superiores. Una guerra dentro de la guerra que durante décadas no tuvo nombre.
El periodista Hernán Dobry reconstruyó esta historia silenciada en su libro Los soldados judíos de Malvinas, basado en testimonios de 39 de los 43 conscriptos y suboficiales judíos que combatieron. El dato es durísimo: un tercio sufrió distintos niveles de antisemitismo y el 10% fue estaqueado en medio de los combates.
No fueron hechos aislados. Veteranos como Silvio Katz relataron humillaciones, golpes, amenazas de muerte, la negación de alimentos y hasta de atención médica. Algunos oficiales los llamaban «cagones» y expresaban sorpresa de que un judío estuviera peleando por la Argentina. La pregunta que les hacían —»¿qué hace un judío defendiendo a este país?»— cuestionaba de raíz su argentinidad.
En medio de ese clima, pasó algo que rompió una exclusividad centenaria: por primera vez se designaron cinco rabinos como capellanes militares —Baruj Plavnick, Felipe Yafe, Efraín Dines, Tzví Grunblatt y Natán Grunblatt— para acompañar espiritualmente a los soldados judíos desplegados en la costa patagónica y en las islas.
El gesto fue enorme: hasta entonces, el clero castrense era exclusivamente católico. Pero la historia también tuvo su parte amarga: el rabino Baruj Plavnick no pudo llegar a las islas, entre otras razones, por la oposición y la discriminación de algunos mandos militares. Ni siquiera el consuelo espiritual se salvó de la hostilidad.
Si la guerra fue dura, el regreso fue peor. La Argentina entró en su propio proceso de «desmalvinización», y la comunidad judía no fue la excepción: las instituciones centrales —la DAIA y la AMIA— no acompañaron de manera sostenida a los veteranos judíos durante años. Muchos contaron que, cuando fueron a pedir ayuda, encontraron rechazo o desinterés.
La reparación empezó tarde, pero llegó. Desde 2012 se sucedieron homenajes en clubes, colegios, sinagogas e instituciones comunitarias. En 2019, la Sociedad Hebraica Argentina los nombró «socios distinguidos» y colocó una placa en su homenaje, saldando en parte una cuenta pendiente de décadas.
Lo que vivieron estos hombres tiene un nombre en psicología: trauma por doble pertenencia. Pelearon por un país que, en las trincheras, les hacía sentir que no eran de ahí. Sostuvieron una identidad doble —argentinos y judíos— sin que ninguno de los dos mundos terminara de abrazarlos del todo: ni las Fuerzas Armadas, ni, durante años, la propia comunidad.
Ese lugar de «no pertenecer del todo» es una de las heridas más profundas que existen. Y también una de las más silenciosas, porque se vive por dentro: no deja moretones visibles, pero deja una pregunta que vuelve —¿soy suficiente de acá? ¿Tengo derecho a este lugar?
Cuando el reconocimiento llega tarde, el dolor no desaparece solo: necesita ser narrado. Por eso los homenajes de los últimos años importan tanto. No cambian el pasado, pero le dan a esos veteranos algo que se les negó durante décadas: un lugar en la memoria.
«La memoria no es solo un acto de justicia con los que ya no están: es una forma de sanar a los que quedaron.»
Las historias de pertenencia negada, de lealtades divididas y de reconocimiento tardío se repiten en muchas familias y en muchos cuerpos. A veces no hacen falta guerras: alcanza con una mirada, una frase, un silencio sostenido durante años.
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