La visita del Papa León XIV a la Argentina: el lado B de la esperanza colectiva

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21/09/2026

La visita del Papa León XIV a la Argentina: el lado B de la esperanza colectiva

La noticia corrió rápido esta semana: el Vaticano confirmó los detalles de la visita del Papa León XIV a la Argentina. Será del 8 al 11 de noviembre, con Buenos Aires, Claypole, Córdoba y Luján en el recorrido. La primera visita de un pontífice a casa en casi cuarenta años, desde Juan Pablo II en 1987. Se habla de multitudes, de preparativos, de un lema que ya suena en todos lados: «Bienvenidos todos. Vayan y anuncien».

Los medios hablan de logística, de seguridad, de política. Yo quiero correr el foco a otra parte: a lo que esta noticia mueve por dentro. Porque hay algo que le pasa a un país entero cuando espera a alguien así, y ese algo tiene mucho que ver con el alma.

Qué despierta una visita como esta

No hace falta ser creyente para sentirlo. Cuando se conocieron los detalles del itinerario, hubo gente que se emocionó hasta las lágrimas, gente que empezó a planear viajes a Luján, familias que se organizaron para ir juntas. ¿Qué es eso que se activa? Para la mirada transpersonal, es una de las necesidades más humanas de todas: la de pertenecer, la de tener un guía, la de consolarnos juntos.

Las multitudes, los rituales, las canciones: todo eso produce algo que en terapia llamamos sostén colectivo, la certeza —aunque sea por unas horas— de que no estamos solos. En un tiempo que empuja al aislamiento, un acontecimiento así funciona como un imán: junta lo disperso.

El lado B: esa parte nuestra que espera que alguien de arriba nos salve

Hay otra capa, más incómoda, que me gusta mirar sin culpa: la del niño o la niña interna que espera que alguien perfecto venga a ordenar su vida. Esperamos al que nos va a entender sin palabras, al que nos va a sanar, al que va a llegar con la respuesta. En la figura de un Papa —como antes en un líder, un maestro o un amor— depositamos una esperanza enorme. Y una parte de esa esperanza es también nuestra hambre de padre y de madre simbólicos: esa que en algún momento no estuvo, o no alcanzó.

¿Está mal esperar? No. Esperar juntos es profundamente humano y hasta sanador. Pero el lado B aparece cuando toda la transformación se deja del lado de afuera: «cuando él venga, cuando esta etapa pase, cuando algo cambie, voy a estar bien». Nadie puede salvar tu vida desde afuera. Ni el más santo.

La fe como recurso emocional (aunque no creas)

Desde hace años la psicología mira con respeto lo que la espiritualidad hace en el sistema nervioso: alguien reza y se calma; se prende una vela y el dolor se ordena; un grupo de personas canta y aparece un alivio que ningún consejo logró. La fe —no hablo de dogmas, hablo de sentido— sostiene. Acompaña duelos, ordena el caos, le da lugar a lo que no se puede explicar. Por eso, en terapia transpersonal, no peleamos con la espiritualidad de nadie: la usamos como refugio, como casa, como puente.

Lo que no hace la fe es reemplazar el trabajo interior. Se puede ir a Luján y volver sin haber mirado nada de uno mismo; y se puede trabajar a fondo creyendo o sin creer. Las dos puertas están abiertas: la del cielo y la del consultorio. Mejor todavía si se abren juntas.

Lo que estos meses de espera pueden enseñarte

  • Esperar con otros alivia: compartir la espera —un viaje, una preparación, una charla— reparte la carga.
  • Los rituales ordenan: cada gesto (una vela, una oración, una peregrinación) le dice al cuerpo que hay un lugar para lo sagrado.
  • La esperanza se practica: no es ingenuidad; es una decisión que se renueva con gestos pequeños, todos los días.
  • El símbolo no hace la tarea: lo que te falta no llega en un avión; se trabaja en la intimidad, con ayuda.
  • No hace falta la multitud para sentir fe: hay quienes se conmueven en un estadio y quienes se conmueven en silencio. Tu medida es tuya.

Una pregunta para tu propio camino

Mientras el país cuenta los días, te propongo una pregunta de trabajo: ¿qué estás esperando que venga de afuera a cambiar tu vida? A veces la respuesta es una persona; a veces es una noticia; a veces es un permiso que solo vos podés darte. En el consultorio trabajo mucho con esto: la espera convertida en camino, la fe convertida en sostén propio, la multitud convertida en comunidad de verdad.

«Las visitas se van; lo que despiertan, se queda. La tarea no es esperar a que alguien llegue a salvarte: es descubrir que la sanación es un viaje de adentro hacia afuera.»

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Si esta espera te remueve cosas y querés trabajarlas con acompañamiento, te espero en el consultorio.