Anoche, alrededor de las nueve, se apagó el AMBA. Unos seiscientos mil usuarios quedaron sin luz de un momento para otro: barrios enteros de la Ciudad —Palermo, Belgrano, Recoleta, Villa Urquiza, Núñez— y buena parte de la zona norte del conurbano. Semáforos a oscuras, ascensores detenidos, bomberos asistiendo a personas atrapadas, vecinos en la calle alumbrando con la linterna del celular. Recién cerca de las once, y de a poco, la luz volvió.
Hoy los noticieros hablan de fallas técnicas, de responsabilidades y de un origen que todavía se investiga. De lo que casi nadie habla es de lo que pasó adentro de cada uno mientras todo se apagaba. De eso quiero escribirte hoy: del lado B del apagón.
Vivimos rodeadas de luz, de sonido, de pantallas, de alertas. Hay un murmullo constante que funciona como ruido blanco del alma: mientras hay ruido, nunca estamos del todo a solas con lo que sentimos. Y de golpe, el apagón: la heladera se calla, el router enmudece, los semáforos se apagan. Y en ese silencio forzado, empiezan a aparecer cosas.
La primera es la incomodidad: «no hay nada para hacer». La segunda es más profunda: la sensación de estar a merced de algo que no controlás. Y esa sensación no es nueva: la oscuridad fue el primer miedo de la especie humana. El apagón no trajo un miedo nuevo; destapó uno viejo.
Nos creemos autónomas y de golpe recordamos que una subestación a kilómetros de distancia decide si tu noche existe o no. La oscuridad muestra lo que la luz tapa: que somos interdependientes, que la energía que damos por hecha también se cuida, que cuando el sistema falla, falla para todas.
Y aunque incomode, ahí hay una verdad enorme sobre vos: lo mismo pasa con tu vida. Te creés autosuficiente hasta que «se corta la luz»: se enferma alguien, se cae un plan, se rompe algo. Y la vida te muestra que también dependés de otros, de un cuerpo, de un tiempo. No es debilidad. Es humanidad.
Hay algo que el apagón da y ninguna app puede darte: una pausa obligatoria. Sin pantallas y sin ruido, la noche cambia de textura. Se conversa distinto a la luz de una vela. Se escucha distinto. Más de uno descubrió anoche que hacía años no miraba el cielo, no tarareaba, no hablaba con quien tenía al lado sin intermediarios.
«No todo lo que se apaga es una pérdida. A veces la vida te saca la luz para mostrarte qué había en la oscuridad: lo que te estaba esperando, lo que venías postergando, lo que solo se ve cuando no hay nada brillando.»
Pensalo así: también tenés apagones internos. Días en que algo se corta sin aviso —el ánimo, las ganas, la fe— y te quedás a oscuras con vos misma. Y la reacción suele ser la misma que la de anoche: querer que vuelva la luz ya. Taparlo, scrollear, llenar el vacío con ruido. Pero la oscuridad interior, como la eléctrica, no vuelve antes porque te desesperes.
¿Y si a veces el apagón es una invitación? La invitación a bajar el ritmo, a descansar de verdad, a preguntarte qué se ve cuando no hay nada que mirar. Desde la mirada transpersonal, esos cortes son umbrales: momentos en que la vida te pide que sueltes algo para que algo nuevo se encienda. Duelen. Y también enseñan.
Anoche la ciudad volvió a encenderse. Ojalá que algo tuyo también haya quedado a la luz después de esas horas a oscuras: una decisión, un descanso, una conversación pendiente.
Si sentís que tus apagones internos te están pidiendo atención, te espero en el consultorio para recorrerlos juntas.