El diluvio anunciado: el lado B de la tormenta que se viene y la que ya está adentro
Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal · · Actualizado el 04/10/2026
El diluvio anunciado: el lado B de la tormenta que se viene y la que ya está adentro
Este fin de semana los titulares hablan de un «diluvio histórico»: tormentas fuertes, granizo y ráfagas de hasta 121 kilómetros por hora en el centro del país. Los pronósticos se actualizan hora a hora, el grupo de la familia se llena de capturas del radar y la gente corre a asegurar ventanas, autos y techos. Y mientras todo eso pasa afuera, hay otra cosa que ya empezó a moverse adentro tuyo. De eso casi nadie habla.
El miedo llega antes que la lluvia
Hay un detalle que la meteorología no mide: el cuerpo no distingue la amenaza real de la amenaza anunciada. La alerta naranja activa el mismo sistema de alarma que el peligro presente. Cortisol, tensión en el cuello, insomnio la noche anterior, irritabilidad con la gente que querés. La tormenta todavía no empezó y tu sistema nervioso ya está en plena vigilia. La anticipación desgasta más que la lluvia.
Qué simboliza la tormenta
En la mirada transpersonal, la tormenta es un arquetipo: lo incontrolable, la furia del cielo, el caos que limpia. Todas las culturas tienen su diluvio —Noé, los mitos mesopotámicos, la lluvia que arrastra lo viejo para que algo nuevo germine—. La tormenta no es solo clima: es la forma que tiene la naturaleza de recordarnos que existen fuerzas más grandes que nuestra voluntad. Y eso, para el ego que necesita controlarlo todo, es insoportable. Por eso el anuncio del temporal nos deja en carne viva: nos recuerda, de un solo golpe, que no mandamos.
La tormenta interior que no mirás
La pregunta que me hago como terapeuta es otra: ¿cómo te relacionás vos con lo que no podés controlar? ¿Sos de las que chequea el radar cada cinco minutos y arma un plan de contingencia hasta para la cena? ¿O de las que se duerme y que sea lo que Dios quiera? El miedo al diluvio suele ser la puerta de entrada a algo más hondo: el miedo a que se caiga lo que te sostiene. El techo, el trabajo, el vínculo, la salud. La tormenta de afuera autoriza, por fin, a sentir miedo por las tormentas de adentro.
Tal vez no le tenés miedo a la lluvia: le tenés miedo a que se caiga lo que te sostiene.
Qué hacer con el cuerpo estos días
- Informate una vez y listo: el radar cada cinco minutos no mejora el pronóstico, solo amplifica la alarma.
- Prepará lo concreto: revisar la canaleta, asegurar la persiana, tener agua y linterna. La acción práctica calma el sistema nervioso como pocas cosas.
- Regulá el cuerpo: respiración lenta, un baño tibio, menos café. Tu sistema ya está en alerta; no le sumes combustible.
- Usá la tormenta: cuando empiece a llover, si estás en un lugar seguro, sentate a mirar el agua. Contemplar lo que no podemos controlar es un ejercicio espiritual antiguo.
Después de la tormenta
Y cuando pase —porque toda tormenta pasa—, fijate en el aire. El cielo lavado, el olor a tierra mojada, esa calma que solo existe después del agua. Esa es la parte del diluvio que nos perdemos por el miedo: la promesa de que el caos también renueva. La tormenta de afuera termina, siempre termina. La de adentro, si te animás a mirarla, puede transformarse en lo mismo: agua que limpia.
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Si la tormenta de afuera te encontró en plena tormenta interna, no la atravieses sola. En el consultorio te acompaño a encontrar tu centro cuando todo alrededor se sacude.