125 focos de incendio. Temporada seca. Una advertencia que ya no suena a pronóstico sino a condena. Jujuy arde, otra vez, y con ella arde algo adentro nuestro que no tiene nombre en los noticieros: la sensación de que el mundo se está apagando mientras nosotros seguimos mirando el celular.
Vamos a hablar del lado B del fuego. Porque todos los portales te van a contar hectáreas, dotaciones y causas judiciales. Nadie te va a contar lo que el incendio le hace a tu psiquis. Y te está haciendo más de lo que creés.
¿Sentís una tristeza difusa cuando ves las imágenes del monte quemado? ¿Una angustia sin causa aparente que aparece justo cuando escuchás la palabra «sequía»? ¿Esa sensación rara de duelo por algo que todavía no se perdió del todo? Eso tiene nombre: ecoansiedad, el malestar emocional que genera la crisis climática. Y no, no estás exagerando.
Desde la mirada transpersonal, la ecoansiedad no es una patología: es una respuesta saludable de un ser vivo conectado con la Tierra. Es tu psiquis recordándote que no sos una isla, que el monte que se quema es también tu cuerpo, que el humo que vuela es también tu respiración. Lo que enferma no es sentirlo. Lo que enferma es no poder nombrarlo.
En la cosmovisión andina, la Pachamama no es un recurso: es una madre viva. Y un incendio, en ese idioma ancestral, no es un «evento climático»: es una herida abierta en el cuerpo de quien nos sostiene. Los pueblos originarios lo saben desde hace siglos. Nosotros recién estamos aprendiendo a escuchar el llanto de la tierra. Literalmente.
Y acá aparece la paradoja más hermosa del fuego: es el único elemento que destruye y purifica al mismo tiempo. En los rituales de todas las tradiciones, el fuego es el gran transformador: lo que se le entrega, no vuelve a ser lo mismo. Por eso tantas culturas queman ofrendas, cartas, dolores. Porque el fuego transforma la materia.
Lo que no procesamos, nos incendia. Lo que sí procesamos, nos ilumina.
Pensalo así: así como hay una sequía afuera, hay sequías adentro. ¿Cuánto hace que no llorás? ¿Cuánto hace que no le dedicás tiempo a lo que te enciende? ¿Cuántas cosas estás dejando acumuladas como pasto seco —rencores, cansancios, duelos sin hacer— esperando la primera chispa?
El burnout, el agotamiento crónico, la irritabilidad que no se apaga nunca: todo eso es fuego mal gestionado. Es la energía vital pidiendo a gritos un ritual de transformación en vez de un incendio de emergencia.
Fijate un detalle que las crónicas suelen dejar de lado: cuando el fuego avanza, aparecen los bomberos voluntarios, los vecinos con baldes de agua, los desconocidos que se organizan. La catástrofe también revela lo mejor de lo humano: la solidaridad como instinto, no como ideología. Ahí hay otra lectura terapéutica: el dolor compartido une. La angustia silenciada, aísla.
Jujuy arde, sí. Pero también arde la posibilidad de despertar. El fuego, cuando se lo honra, deja de ser tragedia y se convierte en maestro. La pregunta no es si el mundo se salva. La pregunta es si vos te vas a salvar del mundo que te tocó: despierto, conectado, vivo.
Si la ecoansiedad, el agobio o esa tristeza sin nombre te están pesando, no lo cargues solo. En el consultorio le damos lugar, nombre y ritual.