Menos bebés, más ancianos. La «foto de la Argentina del futuro» que se publicó esta semana no es un pronóstico: es una postal que ya se está revelando ante nuestros ojos. Y mientras todos discuten economía, jubilaciones y políticas de natalidad, hay una pregunta que nadie se anima a hacer en voz alta: ¿por qué una sociedad entera está eligiendo no continuar?
Porque seamos honestos: la caída de la natalidad no se explica solo con el precio del alquiler ni con la inestabilidad laboral. Esos son los argumentos que decimos en las sobremesas. Pero debajo de los números hay algo más hondo, más silencioso y mucho más incómodo.
Como terapeuta transpersonal, hace años que escucho en el consultorio la misma frase con distintas máscaras: «no quiero traer un hijo a este mundo». La escuché en épocas de crisis y en épocas de bonanza. La escuché de mujeres con excelentes sueldos y de varones con proyectos sólidos. La economía es el traje que le ponemos a una sensación mucho más profunda: la sensación de que el futuro no es un lugar habitable.
Tener un hijo es, en esencia, un acto de fe. Es firmar un contrato invisible con el tiempo: creer que habrá un mañana, que vale la pena que alguien más lo habite, que la vida —aun con todo su dolor— merece ser transmitida. Y cuando una sociedad deja de firmar ese contrato, no nos está diciendo solo que tiene problemas de plata. Nos está diciendo que perdió algo mucho más valioso: la confianza en la vida misma.
Miren lo que pasa cuando corremos la mirada hacia las cosmovisiones originarias de nuestra tierra. En la tradición andina, un hijo no es una «decisión personal» ni un «proyecto de pareja»: es la continuación del linaje, la prolongación del propio ser más allá de la muerte, la forma que tiene la vida de decir «sigo acá».
La vida que elige no continuar está, en el fondo, haciendo un duelo anticipado por sí misma.
No estoy diciendo que haya que tener hijos. Para nada. La decisión de no tenerlos puede ser el acto más consciente y soberano de una persona. Una cosa es elegir desde la libertad y otra muy distinta renunciar desde el miedo. Y es el miedo lo que me preocupa.
Porque acá viene el lado B que nadie cuenta: la energía de la procreación no desaparece. Se transforma. Conozco personas que «no quieren hijos» pero se levantan a las seis de la mañana para cuidar una huerta, crían perros con una entrega total, sostienen proyectos comunitarios, escriben libros, acompañan sobrinos, militan una causa. La vida siempre encuentra la forma de continuar. La pregunta es si la dejamos continuar conscientemente.
El síntoma de esta época no es la baja natalidad. El síntoma es la desesperanza que la alimenta: la sensación de que no hay mundo al que invitar a nadie, de que el futuro es una deuda y no un regalo. Y eso se cura. No con pronatalismo forzado ni con discursos moralistas, sino con lo único que realmente cura la desesperanza: volver a sentir que nuestra vida tiene sentido.
El sentido no se hereda: se construye. En terapia, en la tribu, en el vínculo, en la tierra, en la obra. Cada vez que alguien recupera las ganas de vivir, de crear, de dejar algo —un hijo, un libro, un árbol, un abrazo que transforma— está firmando de nuevo ese contrato invisible con el tiempo.
La Argentina de menos bebés y más ancianos no es la foto de la decadencia. Es la foto de una invitación: a reconciliarnos con la vida que queremos seguir viviendo. Y a transmitirla como podamos, mientras podamos.
Si sentís que el futuro te quedó chico, que la desesperanza te está ganando o que hay una vida adentro tuyo que no sabés cómo dar a luz, te espero en el consultorio. Vamos a mirarlo juntos.