Córdoba arde otra vez. Los incendios forestales avanzan, el humo se ve desde kilómetros, y las imágenes de las sierras negras se repiten como una pesadilla que ya conocemos de memoria. Las noticias hablan de focos, de dotaciones de bomberos, de hectáreas perdidas. Pero hay un fuego del que nadie habla: el que se enciende adentro nuestro cada vez que vemos el mundo quemarse. Ese es el lado B.
Se llama eco-ansiedad. Y aunque no la nombremos, la sentimos todos: una inquietud de fondo, una tristeza rara, una sensación de que algo se está rompiendo y no sabemos cómo detenerlo.
Mucha gente la vive en silencio, con vergüenza, como si fuera una sensiblería de privilegiados. «¿De qué te angustiás si a vos no te tocó?» Pero la eco-ansiedad no es un capricho: es una respuesta sana de un ser que se sabe conectado con su entorno. Angustiarse porque arde la tierra no es una debilidad, es una señal de humanidad.
En la mirada transpersonal, esa conexión con la naturaleza no es metáfora: somos parte de un todo. Lo que le pasa a la sierra, de alguna manera, nos pasa. Por eso el incendio exterior enciende un incendio interior. Por eso el humo de Córdoba nos deja un peso en el pecho aunque estemos a mil kilómetros.
Y acá viene la capa más profunda. El fuego de afuera espeja el fuego de adentro. Esa rabia que te sube en el tránsito. Esa ansiedad que no te deja dormir. Ese consumo, esa velocidad, esa exigencia de más que nos quema por dentro igual que las llamas queman el monte.
No es casualidad que vivamos en la era de la eco-ansiedad y, al mismo tiempo, en la era del burnout, del insomnio y de la medicación para «apagar» el malestar. Estamos tapando humo, nunca mejor dicho, en vez de apagar el fuego.
El error sería creer que la solución es anestesiarse. «No mires las noticias», «no pienses en eso», «distraete». Eso no apaga el fuego: solo cierra los ojos en medio del incendio. La eco-ansiedad no se cura negando el problema, se cura transformándola en acción y en conexión.
Cuando la angustia se convierte en cuidado, cambia de signo. Cuidar una planta, juntar residuos, comer más simple, frenar un poco, pisar pasto, mirar el cielo. Pequeños gestos que no van a apagar los incendios de Córdoba, pero sí van a apagar el incendio de la impotencia adentro tuyo.
Las culturas antiguas lo sabían: el fuego no es solo destrucción, también es transformación. Después del incendio, la tierra se renueva. Algunas semillas solo germinan después de pasar por el fuego. Lo mismo nos pasa a nosotros: a veces hay que dejar que arda lo viejo para que nazca lo nuevo.
¿Qué necesita quemarse en tu vida? ¿Qué estructura rígida, qué rencor viejo, qué miedo paralizante? No te digo que le prendas fuego a todo. Te digo que la crisis, cuando no la negamos, suele ser el terreno donde crece lo que todavía no existía.
El fuego de afuera te está mostrando el fuego de adentro. La pregunta no es «¿cómo lo apago?», sino «¿qué me está pidiendo que transforme?».
Si la eco-ansiedad te está pesando más de lo que podés cargar solo, no la ignores. Hay un camino para atravesar el fuego sin quemarte, para convertir la angustia en sentido y la impotencia en cuidado. Te espero en el consultorio: https://www.terapiasmarcela.com/consultorio