
En la Toscana hay un jardín con veintidós arcanos gigantes. Y una mujer vivió varios años adentro de uno de ellos.
Se llama Giardino dei Tarocchi —el Jardín del Tarot— y está en Capalbio, en la Toscana italiana, sobre una ruina etrusca. Lo hizo Niki de Saint Phalle, una artista francesa que en 1979 compró ese terreno y tardó casi veinte años en levantarlo. Abrió al público en 1998.
Son veintidós figuras monumentales: los veintidós Arcanos Mayores del tarot. Están hechas de hormigón armado y cubiertas de espejos y mosaicos de cerámica. Se pueden caminar por dentro.
Y Niki no las construyó para mirarlas. Las construyó para ENTRAR.
De hecho, mientras levantaba el jardín, vivió varios años dentro de «La Emperatriz» — una escultura enorme, con forma de esfinge. Se hizo una casa adentro de un arcano.
Porque cuando vi ese jardín, pensé: esto es el tarot.
No el tarot de las figuritas, ni el de las predicciones, ni el de las frases lindas para Instagram.
El tarot de verdad: un territorio que hay que entrar.
Se agarra una carta, se la mira, y se dice qué significa. Está en los manuales. Incluso hay mazos que traen escrito que el tarot es «el espejo del alma».
Pero el tarot no es un espejo.
Un espejo te devuelve lo que ya sabés: tu cara. Y el tarot no viene a confirmarte lo que ya sabías.
El tarot es otra cosa: es una puerta.
Hace años que trabajo con arquetipos —con esa idea que ya tenía Jung: que estamos atravesados por fuerzas que no son nuestras, que nos preceden, que vienen de muy atrás.
Y esas fuerzas están representadas en el tarot. Cada arcano es un arquetipo: una forma que la humanidad viene repitiendo desde siempre.
Pero acá está la diferencia: el tarot no se interpreta desde afuera. Se vive.
El tarot se te hace biológico.
Por eso, en mis sesiones, hago exactamente lo que hizo Niki con sus esculturas: le pido a la persona que entre a la carta.
Cierra los ojos. Entra. Y desde adentro empiezan a aparecer los contenidos que estaban guardados: lo que no se dijo, lo que no se cerró, lo que viene de antes de ella.
A eso lo llamo descodificación arquetipal: entrar a la carta y observar, desde adentro, qué hay ahí.
Y lo que aparece, muchas veces, no es de esta vida.
Una persona entró a «La Torre». La Torre es el arcano de lo que se derrumba: la estructura que se cae para que algo nuevo pueda nacer. Pero él no vio una torre cayendo. Vio el útero de su madre. Su madre había estado detenida y golpeada en la época de los militares en la Argentina. Y él estaba adentro de ese útero, en esa cárcel, en ese horror. Un trauma que él no vivió con su cuerpo, pero que llevaba en su cuerpo.
Otra persona entró al «Seis de Espadas». Ese arcano es el barquito: el viaje, la partida, lo que se deja atrás. Y esta persona subió al bote. Y desde el bote vio a dónde viajaban sus ancestros. Vio el mar. Y vio quién moría en el barco.
Eso no es imaginar. Eso es entrar a un territorio de memoria.
Y hay una tercera, que es la más delicada: el «Seis de Copas».
Ese arcano es la niñez: un nene y una nena con un ramo de flores. Parece la carta más dulce del mazo entero.
Y es la que más gente rompe en llanto.
Porque ahí, muchísimas veces, aparece lo que pasó cuando eran chicos. En la casa de los abuelos. En la casa del peón del campo. En la casa del vecino. Cosas que nunca contaron — y que el cuerpo guardó igual.
La carta no lo inventa. Lo deja ver.
El tarot es una puerta al pasado, al presente y al futuro. Sirve para llegar al origen: de un trauma, de una repetición, de una vivencia ancestral que se sigue pagando. Sirve para desbloquear esas energías que están atrapadas — en una familia, en un cuerpo, en una vida.
Y sí: también nos lleva a vidas pasadas.
No para saber «quién fuimos». Sino para entender qué sigue pidiendo paso.
Niki de Saint Phalle no era tarotista. Era artista.
Y sin embargo hizo lo que hay que hacer: entendió que un arcano no se admira desde la vereda de enfrente. Se entra. Se habita. Se vive adentro hasta que dice lo que tiene para decir.
Por eso tardó veinte años. Y por eso vivió dentro de la Emperatriz.
No tengo «un» tarot. Colecciono tarot.
Estudié cantidades de mazos: el Marsella de 1650, el Rider, el Visconti, Botticelli, Klimt, Da Vinci, Ceccoli, el Tarot Jung, los oráculos. Y no paro: me falta por lo menos un centenar más.
Porque a mí la imagen me fascina. Y no hay una mejor que otra: todas me traen algo.
Todas me traen algo para recordarme. En esta vida — y en otras.
Niki vivió dentro de la Emperatriz.
Yo vivo en el tarot.
No es algo que hago de vez en cuando, ni una herramienta que saco cuando alguien me consulta. Es el idioma en el que pienso y el lugar donde vivo. Los 78 arcanos no son un mazo: son mi casa.
Y acá quiero ser muy clara, porque me importa.
Guiar esto no es tirar cartas. Cuando alguien entra a una imagen, puede llorar, puede abrir un dolor grande, puede entrar en crisis. Y si sos solo tarotista, no sabés cómo sacarla de ahí.
Por eso, para trabajar así hay que tener formación: herramientas terapéuticas, transpersonales y sistémicas, saber leer el cuerpo y saber contener.
Y yo me formo desde hace veintiséis años en distintas técnicas y terapias. El tarot lo estudio desde los 18 — al principio, como casi todos: adivinando. Después fui mutando, y fui uniendo lo que estudiaba con lo que veía en las cartas.
Pero hace muchos años que ya no estudio afuera: estudio adentro.
Mi técnica es un toroide: hacia adentro, hacia adentro, hacia adentro. Lo que vi en una imagen hace diez años hoy ya no es lo mismo. La misma carta me sigue dando cosas nuevas — porque yo ya no soy la misma.
Y antes de todo esto fui instrumentadora quirúrgica: ahí estudié anatomía, fisiología, microbiología, psicología evolutiva, psicología social y técnicas quirúrgicas. Por eso, cuando digo que el cuerpo registra, no es una metáfora: sé de qué hablo.
Y tampoco es para cualquiera del otro lado. Hay personas con las que este trabajo no se hace —o se hace acompañadas por su profesional—: quien está en una crisis aguda, quien está medicado o en tratamiento psiquiátrico. Con esas personas, primero la salud.
Y esto no reemplaza una terapia ni un tratamiento. Si estás en terapia, esto se conversa con tu terapeuta.
Lo digo por cuidado, no por miedo: cuando se abre una puerta así de grande, hay que saber acompañar.
Y hay algo más, que para mí es fundamental.
Niki levantó los 22 mayores —los arcanos de las grandes experiencias de la humanidad.
Pero el tarot no son 22: son 78. Y los 56 menores hablan de otra cosa: de cómo nos sentimos… y de cómo se sentían los que vinieron antes que nosotros.
¿Quiénes fuimos, en esta vida o en nuestro sistema familiar?
Te doy un ejemplo, porque se entiende en un segundo: el Cuatro de Oros.
Ese es el arcano del que agarra —el que no suelta la moneda, el que parece agarrado, el que no gasta. Y cuando alguien con problemas de dinero entra a esa carta, muchas veces aparece el ancestro que no gastaba por miedo a que le faltara. El que pasó hambre. El que escondía la plata.
No es avaricia: es miedo heredado.
Y cuando la persona entra a ese arcano y conversa con esa memoria… algo se destraba. La carta deja de repetir y empieza a contar otra cosa.
Para mí, los menores tienen tanta fuerza como los mayores. Porque no hablan de los grandes misterios: hablan de tu vida cotidiana —de lo que ganás, de lo que guardás, de lo que no te animás a gastar.
Niki levantó 22 arcanos en veinte años de esculturas, cemento y espejos.
Yo levantaría un edificio. 🏢
Veintidós pisos. Y en cada piso, cinco puertas: una que entra al arcano mayor —a la gran experiencia de la humanidad— y cuatro que abren a las funciones de la psique: copas, bastos, espadas y oros.
Uno entra al Mago, y adentro están sus cuatro habitaciones. Entra a la Emperatriz, y están las suyas. Y así los veintidós.
Un edificio de 78 departamentos.
No un parque para caminar entre los arcanos: un edificio para entrar a vivir adentro de ellos.
Porque el tarot no se recorre por afuera: se recorre por adentro. Y adentro, hay pisos.
(Y de paso: un lugar excelente para tirar las cartas.)
Y a vos, si te animás, te puede llevar una sesión. Pero hay que animarse a lo que casi nadie se anima: entrar.
Este método lo vengo trabajando desde 2013. Lo publiqué por primera vez en mi libro Códigos del Inconsciente (2017) —el primero que escribí para que mis alumnas tuvieran de dónde estudiarlo— y también está en Tus Imágenes Internas. Hoy lo enseño en mi campus online, y lo presenté en el Congreso de Tarot (1 de agosto de 2026, Centro de Oficiales de Mar).
Si querés entrar a tu propia carta, te espero.
Marcela Almazán — Terapeuta transpersonal · Arquitectura de Identidad