
Esta semana se cumplieron 20 años sin Jorge Julio López. Albañil, vecino de Los Hornos, en La Plata, y testigo clave en el juicio que condenó al represor Miguel Etchecolatz. El 18 de septiembre de 2006 fue visto por última vez. Nunca más se supo de él.
En La Plata hubo actos de homenaje, una muestra con objetos personales suyos, pancartas repintadas y una pregunta que la Universidad renovó en un mural y que, desde ayer, no me sale de la cabeza: «20 años sin López, ¿a qué te podés acostumbrar?».
Porque de eso se trata todo esto, en el fondo. De lo que somos capaces de naturalizar. De lo que dejamos de sentir de tanto sentirlo. Y esa pregunta, aunque habla de memoria colectiva, también se contesta puertas adentro. En tu vida. En la mía.
Los seres humanos tenemos un superpoder que también es una condena: nos acostumbramos. La psiquis es experta en bajarle el volumen a lo que duele para poder seguir funcionando. Es supervivencia. El problema es cuando el volumen baja a cero y ya no registrás que algo no está bien.
Nos acostumbramos a un país que naturaliza cosas enormes. Pero también nos acostumbramos a lo pequeño y cotidiano que nos va apagando:
Acostumbrarse es una forma de dejar de sentir. Y dejar de sentir tiene costo: lo que no se siente, se somatiza, se repite, se hereda.
Ninguna herida se sana mientras siga siendo normal. El maltrato naturalizado no se sana. La tristeza de fondo aceptada como paisaje no se sana. La ausencia esperada como rutina no se sana. Primero hay que volver a ver lo anormal: desacostumbrar la mirada.
En el plano colectivo, eso es lo que hacen la memoria y los que no aflojan: sostener la pregunta abierta, no dejar que el horror se vuelva paisaje. En el plano personal, es el trabajo más importante de una terapia: que lo que dolió vuelva a tener su tamaño real. Ni más —para que no te aplaste— ni menos —para que no se te escape.
Elegir y acostumbrarse se parecen, pero no son lo mismo. Una elección se renueva; una costumbre se soporta.
Volvé a nombrar lo que minimizaste: «me duele», «me enoja», «no quiero». Sin dramatizar y sin achicar: con las palabras justas.
Hay dolores heredados —de tu familia, de tu historia— que no te toca cargar. Devolverlos no es faltarle el respeto a nadie: es empezar a vivir sin mochilas ajenas.
La memoria no vive en los discursos: vive en gestos. Ir a un acto, contarle algo a alguien, escribir, preguntarte en serio cómo estás. Y también en tu vida privada: recuperar un límite, pedir ayuda, decir basta.
«La memoria no es acordarse de todo. Es negarse a acostumbrarse a lo que no está bien.»
Jorge Julio López sigue desaparecido. Su caso sigue abierto y su ausencia sigue haciendo preguntas incómodas. La más personal es esta, y te la dejo a mano: ¿a qué te acostumbraste vos, sin darte cuenta, en el último tiempo? Nombralo. Contalo. Trabajalo. Porque hay acostumbramientos que se vuelven destino —y no deberían.
Si sentís que te acostumbraste a algo que en realidad te está doliendo, te espero en el consultorio para volver a darle su tamaño justo.