En un mismo fin de semana, dos reinas de la televisión argentina terminaron en una cama de sanatorio. Soledad Silveyra se cayó en su casa, se fisuró la cadera y estaba sola: tuvo que llamar a su hijo para pedir ayuda. Mirtha Legrand, a los 99 años, fue internada por un cuadro bronquial después de días de tos que no cedía. El país entero aguantó la respiración.
Los portales hablan de partes médicos y de altas. Yo, como terapeuta, miro otra cosa: el lado B. Lo que estas dos noticias nos muestran de nosotras mismas, sin que lo pidamos.
Solita estaba sola en su casa cuando se cayó. No es un detalle: es el símbolo. La mujer que durante décadas llenó la pantalla de energía, de risa, de personajes inolvidables, se encontró en el piso de su casa sin nadie al lado. Y tuvo que pedir ayuda. A su hijo. Por teléfono.
¿Cuántas veces te cuesta a vos pedir ayuda? ¿Cuántas veces «estás bien» por fuera mientras por dentro te caés? La caída de Solita es la caída de todas: la vulnerabilidad que nos da vergüenza mostrar, la soledad que no elegimos, el orgullo que nos deja tiradas en el piso de una vida que se nos fue de las manos.
Mirtha a los 99 es nuestra fantasía de inmortalidad. Si Mirtha sigue, nosotras podemos. Por eso su internación nos descolocó tanto: nos obliga a mirar lo que no queremos ver. El cuerpo tiene límites. La eternidad no existe. Incluso las divas tosen, se cansan y necesitan una habitación común de sanatorio.
No es morbo: es miedo. El miedo de que el espejo nos devuelva nuestra propia finitud. Y el amor de una generación que creció con su mesa los domingos.
Los íconos cumplen una función invisible: nos prestan fortaleza. Los necesitamos enteros para no mirar nuestras propias grietas. Por eso, cuando un ídolo se enferma, se cae o envejece, algo se nos desordena por dentro. Aparece el duelo anticipado: lloramos por adelantado una pérdida que todavía no ocurrió.
«Lo que te conmueve del otro es siempre un espejo: si la fragilidad de Solita y Mirtha te angustió, mirá qué fragilidad propia estás escondiendo.»
Y también aparece la culpa del espectador: «¿por qué me angustia tanto alguien que no conozco?». Porque no llorás por ellas. Llorás por tu mamá, por tus años, por la certeza de que nadie se queda para siempre.
Le deseamos a Solita y a Mirtha una pronta recuperación, con el mismo cariño con el que ellas nos acompañaron toda la vida. Y de paso, honremos lo que vinieron a enseñarnos sin querer: la fragilidad no es el enemigo. Es la puerta de entrada a lo que de verdad importa.
Si estas noticias te tocaron más de la cuenta, si apareció un duelo viejo, un miedo o una soledad que no sabías que estaba ahí, eso también merece atención. Podés trabajarlo en el consultorio, en un espacio pensado para acompañarte.