Todos los días, apenas abrís los ojos, ya hay alguien peleándose con alguien en Twitter. En la tele, en la radio, en el grupo familiar de WhatsApp. La polarización política se volvió el combustible invisible de nuestras interacciones cotidianas. Pero hay un detalle que casi nadie está mirando: mientras discutimos quién tiene razón, nuestro sistema nervioso está pagando una factura que no para de crecer.
Como terapeuta transpersonal, hace años que vengo registrando un aumento silencioso de consultas donde el disparador inicial no es una pérdida amorosa ni un duelo concreto, sino el agotamiento profundo de vivir en una sociedad permanentemente enfrentada. La grieta, querido lector, no está solo en el Congreso o en los canales de noticias. La grieta se instaló en tu cuerpo.
Cuando te exponés a una discusión política acalorada —aunque sea como espectador pasivo, scrolleando el feed—, tu organismo activa exactamente los mismos mecanismos que si estuvieras enfrentando una amenaza física real. El eje hipotálamo-hipófiso-adrenal se enciende sin pedir permiso. El cortisol sube. La frecuencia cardíaca se acelera. Tus músculos se tensionan como si se prepararan para salir corriendo o para pelear.
Lo insidioso del caso es que este mecanismo, que evolutivamente estaba diseñado para dispararse ante un peligro concreto y después apagarse, ahora queda encendido de manera crónica. Vivimos en una especie de guerra civil de baja intensidad donde el campo de batalla es tu psiquis. Y lo peor: la mayoría de las veces ni siquiera sos consciente de que estás en esa guerra.
«No es la política la que te enferma —es la identificación total con una posición la que te secuestra el alma».
El problema no es tener convicciones. El problema es cuando esas convicciones te tienen a vos. Cuando ya no podés escuchar al otro sin que se te acelere el pulso. Cuando una noticia del «bando contrario» te arruina el día. Ahí ya no estás pensando: estás reaccionando. Y reaccionar no es lo mismo que elegir.
Hay un mecanismo psicológico fascinante y peligroso que explica por qué entrás una y otra vez a esa discusión que ya sabés que termina mal. Desde la psicología transpersonal lo llamamos identificación con el ego narrativo: cuando creés que tu valor como persona depende de que «tu lado» tenga razón.
En ese momento ya no sos vos. Sos una historia: «yo soy de este partido», «yo pienso así», «yo tengo razón y el otro está equivocado». Y cuanto más te fundís con esa historia, más te duele cuando alguien la cuestiona. Porque no está cuestionando una idea entre tantas: está cuestionando tu identidad entera, eso que creés que sos.
Este mecanismo es adictivo. Genera una descarga de dopamina anticipatoria —el placer de «estar por ganar» la discusión— seguida de una frustración casi inevitable cuando el otro no se convence. Y así entrás en un bucle que te deja agotado, enojado y cada vez más lejos de la paz interior que decís estar buscando.
La mirada transpersonal no te pide que dejes de tener opiniones. Sería absurdo e inhumano. Te invita a algo mucho más profundo: a dejar de confundir lo que pensás con lo que sos. A encontrar ese espacio de testigo interno que puede observar la discusión sin ser arrastrado por ella.
Te comparto tres movimientos terapéuticos concretos que trabajamos en el consultorio:
Te lo digo desde el corazón de mi práctica: las crisis polarizantes no son solo un problema a resolver. Son también una invitación a despertar. Porque mientras haya un «ellos» y un «nosotros» que te definan, hay una parte de tu conciencia que está dormida, esperando que dejes de pelear para empezar a ver.
La verdadera paz no se encuentra ganando una discusión ni imponiendo tu visión del mundo. Se encuentra en ese silencio interior donde las etiquetas se disuelven y solo queda tu humanidad compartida con todo lo que respira. Ese lugar existe. Está adentro tuyo. Y no depende de quién gobierne.