Esta semana se publicó un dato que pasó medio desapercibido entre tanto ruido: el desempleo le ganó a la inflación como principal preocupación de los argentinos. Por primera vez en años, el miedo dejó de ser «no me alcanza» y se convirtió en «me quedo sin nada».
Los economistas lo leen como un cambio de ciclo. Yo lo leo distinto. Porque detrás de ese miedo al despido hay algo mucho más profundo que un sueldo: hay una identidad entera puesta en riesgo.
Desde que sos chico te preguntan qué querés ser «cuando seas grande». Y no te preguntan por tu esencia, te preguntan por tu oficio. Médico, docente, ingeniero. Te educaron para creer que lo que hacés es lo que sos.
Entonces el laburo deja de ser un medio y se convierte en un espejo. Te mirás ahí y te ves. Cuando ese espejo se rompe —te echan, se cierra la fábrica, no te renuevan el contrato— no perdés solamente un ingreso: perdés la imagen que tenías de vos mismo.
Y ahí aparece la pregunta que más duele: ¿quién soy sin mi trabajo?
En terapia transpersonal trabajamos con la idea de que el ego se sostiene en identificaciones. «Soy carpintero», «soy gerenta», «soy emprendedor». Son etiquetas útiles para moverse por el mundo, pero son prestadas. No son tuyas.
El problema es que nos creemos dueños de esas etiquetas. Y cuando nos las sacan, sentimos que nos sacaron el alma.
El miedo al desempleo que hoy domina las encuestas no es solamente miedo a la plata. Es miedo a desaparecer. A dejar de ser útil, de ser visto, de ser «alguien». Es el miedo ancestral a quedar afuera de la tribu, que en el mundo moderno se llama «quedar afuera del mercado».
Confundir estas cosas es la trampa de fondo. Porque cuando el trabajo te da algo que no puede darte, vivís con un miedo de fondo constante: el miedo a que te lo quiten. Y ese miedo no se calma con más plata, ni con un puesto mejor, ni con un contrato indefinido. Se calma cuando entendés que tu valor no está en juego.
Hay una diferencia enorme entre estar desocupado y ser un desocupado. La primera es una situación, transitoria, que se resuelve. La segunda es una identidad, que se instala y te carcome.
El que se define por el rol, cuando pierde el rol se pierde a sí mismo. El que sabe quién es más allá del rol, atraviesa la tormenta y se reconstruye.
No te digo que no duela. Duelo hay siempre. Duelo por el proyecto que se cae, por la rutina que se corta, por la seguridad que se va. Ese duelo hay que transitarlo, no barrerlo abajo de la alfombra. Pero una cosa es el duelo y otra muy distinta es el derrumbe.
El miedo al desempleo no se cura consiguiendo empleo. Se cura ensanchando la base de tu identidad, para que ningún cargo, ningún sueldo y ningún despido te definan.
No sos lo que hacés para ganarte la vida. Sos eso que sigue en pie cuando todo lo demás se cae.
Si el miedo a perder el laburo te está quitando el sueño, o si ya lo perdiste y sentís que te perdiste con él, te espero en el consultorio: https://www.terapiasmarcela.com/consultorio