Nueva Zelanda se prepara para aprobar una ley que prohíbe las redes sociales a los menores de 16 años. El debate ya está armado: de un lado, los que celebran que por fin se hace algo; del otro, los que hablan de censura y de «pendiente resbaladiza».
Y yo, en el medio, miro a los pibes. Porque una ley puede sacarte el celular de la mano, pero no puede llenarte el vacío que la pantalla estaba tapando.
Nadie se engancha a algo que no le da nada. Los pibes no están en las redes por capricho: están buscando algo. Pertenencia, reconocimiento, compañía. La pantalla les da una versión rápida y barata de cosas que todos necesitamos y que quizás no están encontrando en otro lado.
La prohibición ataca el síntoma, no la causa. Sacás la red social y queda el hueco. Y el hueco, si no se lo acompaña, se llena con otra cosa. A veces mejor, a veces peor.
No digo que las redes sean inocentes. No lo son. Están diseñadas para enganchar, para robar atención, para vender. Pero prohibir sin acompañar es como tapar una gotera con la mano: el agua sigue estando, solo que ahora no sabés por dónde va a salir.
Los adultos tenemos un miedo enorme a la infancia digital porque no la entendemos. Y lo que no entendemos, lo controlamos. Prohibir es, muchas veces, la forma más elegante de decir «no sé cómo lidiar con esto».
Pero también hay que mirar algo más incómodo: ¿cuánto tiempo pasamos nosotros, los grandes, con el celular? ¿Qué ejemplo estamos dando? Si el adulto mira la pantalla seis horas por día y después le dice al pibe «eso es malo para vos», el mensaje que le llega no es de cuidado, es de hipocresía.
Los pibes no aprenden de lo que les decimos. Aprenden de lo que nos ven hacer.
En terapia transpersonal hablamos de la importancia del vínculo como regulador emocional. Un pibe que tiene un adulto disponible, que lo escucha, que lo mira a los ojos, no necesita refugiarse tanto en la pantalla. La usa, pero no la necesita para sobrevivir.
El problema no es la tecnología. Es la ausencia. Donde no hay presencia, la pantalla ocupa el lugar. Y la ocupa bien, porque está diseñada para eso.
Por eso la solución no pasa (solamente) por una ley. Pasa por la mesa familiar sin celulares. Por la charla honesta. Por preguntar de verdad y quedarse a escuchar la respuesta. Por construir afuera de la pantalla un lugar donde el pibe quiera estar.
Prohibir es fácil. Acompañar es difícil. Y justamente por eso es lo que hace la diferencia.
Lo que un pibe busca en la red es, en el fondo, conexión. Sentirse parte de algo, ser visto, importarle a alguien. Eso es profundamente humano y no va a desaparecer porque saquemos la app.
La pregunta no es «¿cómo saco a mi hijo de las redes?». La pregunta es «¿cómo hago para que no las necesite?». Y la respuesta, casi siempre, tiene más que ver con nosotros que con la tecnología.
No se apaga el vacío prohibiendo la pantalla. Se apaga encendiendo la presencia.
Si sentís que la tecnología se metió en tu casa y no sabés cómo hablarlo con tus hijos, o si vos mismo no podés soltar el celular, te espero en el consultorio: https://www.terapiasmarcela.com/consultorio