Hace unos días, Claudio Tapia —presidente de la AFA— dijo una frase que pasó medio desapercibida entre los titulares de siempre: «La decisión es totalmente personal de Lionel». Estaba hablando de si Messi va a jugar o no la Copa América 2028. Va a tener 41 años. Y el mundo entero, como siempre, espera.
Pero acá no vengo a hablar de fútbol. Vengo a hablar de algo mucho más incómodo: ¿qué pasa cuando tu identidad entera está atada a ser quien sos?
Porque Messi no es un jugador de fútbol. Messi es «Messi». Es un símbolo. Es la esperanza de 47 millones de personas. Es el pibe de Rosario que se fue a los 13 años con una carpeta médica bajo el brazo y se convirtió en el mejor del mundo. Es el que carga con una exigencia que vos y yo no podemos ni imaginar.
Y ahora, cerca de los 41, tiene que decidir si sigue.
En consultorio veo algo parecido todo el tiempo, a otra escala. Gente que construyó una identidad alrededor de un rol —la madre abnegada, el ejecutivo exitoso, el proveedor incansable— y cuando la vida les pide soltar ese personaje, entran en crisis.
No saben quiénes son sin eso.
Imaginate lo que debe ser para Messi. Desde los 5 años que patea una pelota. Toda su vida estuvo definida por lo que hace dentro de una cancha. ¿Quién es Lionel fuera de la cancha? ¿Existe siquiera?
Hay algo profundamente espiritual en esta pregunta. Las tradiciones contemplativas de Oriente lo llaman «desidentificación»: soltar las máscaras que usamos para movernos por el mundo y encontrarnos con lo que queda cuando no hay nada que demostrar.
Tapia dijo algo hermoso: «Lo importante es que Messi siga disfrutando de jugar al fútbol». Pero acá va la pregunta del lado B: ¿Messi disfruta? ¿O disfruta ser Messi?
No es lo mismo. Una cosa es el placer genuino de hacer lo que amás. Otra muy distinta es el vértigo de ser indispensable, de sentir que sin vos el mundo se desmorona. Eso no es disfrute: eso es adicción al sentido.
Muchas personas viven así. Atadas a un trabajo, a un vínculo, a una identidad que les da propósito. Y cuando eso tambalea, tambalea todo. La depresión, la ansiedad, el vacío existencial que aparece en el consultorio tiene casi siempre esta raíz: no sé quién soy si no soy esto.
Messi, como todos nosotros, va a tener que enfrentar ese momento. Y la selección, el Mundial, la Copa América, son solo el escenario donde se proyecta esta batalla íntima.
En 2016, después de perder la final de la Copa América Centenario, Messi dijo «se terminó». Renunció a la selección. Tenía 29 años. Todos recordamos ese momento: el país entero entró en pánico. Le hicieron murales, marchas, cartas abiertas. «No te vayas, Lio».
Volvió. Y ganó todo.
Pero aquella renuncia fue, en realidad, un acto de honestidad brutal. Un grito de «no puedo más». Algo que muy poca gente se permite decir en voz alta. En terapia transpersonal trabajamos mucho con esto: reconocer el límite no es fracasar, es madurar.
Hoy Messi está en otra etapa. Ya ganó el Mundial. Ya cumplió el sueño que cargaba como una condena desde los 18 años. Ya no le debe nada a nadie. Y sin embargo, ahí está Tapia diciendo que la decisión es «totalmente personal». Como si hiciera falta aclararlo. Como si Messi necesitara permiso para elegir su vida.
Esta es la pregunta que atraviesa la decisión de Messi. Y es la pregunta que te atraviesa a vos también, aunque no juegues en la selección.
¿Quién sos cuando no estás produciendo? ¿Qué queda de vos cuando soltás el rol que te define? ¿Sabés existir sin la mirada del otro?
En el silencio de esas preguntas empieza el verdadero trabajo terapéutico. La identidad no es lo que hacés. No es lo que ganás. No es lo que los demás esperan de vos. La identidad es algo mucho más profundo, más silencioso, más propio.
Messi va a decidir. Y cualquier cosa que elija va a estar bien. Pero el verdadero partido —el que importa— no se juega en la cancha. Se juega adentro.
Como siempre.
Si sentís que tu identidad está atrapada en un rol que ya no te representa, la terapia transpersonal te ayuda a encontrarte más allá de las máscaras.