El 28,1% de los argentinos está mal… ¿y si no fuera una mala noticia?

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El 28,1% de los argentinos está mal… ¿y si no fuera una mala noticia?

El 28,1% de los argentinos está mal… ¿y si no fuera una mala noticia?

Hay un dato que está dando vueltas en todos los portales: el malestar psicológico en Argentina alcanzó su pico histórico. El 28,1% de la población. Casi tres de cada diez. Insomnio, ansiedad, angustia difusa, sensación de vacío. Los titulares lo presentan como alarma. Los expertos hablan de crisis. Y yo, que hace más de quince años acompaño procesos terapéuticos desde una mirada transpersonal, me pregunto: ¿y si este número no fuera solamente una mala noticia?

No me malinterpretes. No estoy romantizando el sufrimiento. Sé lo que es sentarse frente a una persona que no puede dormir hace semanas, que siente que el piso se le mueve, que no le encuentra sentido a nada. Eso es real, duele y merece ser acompañado. Pero hay una lectura posible que los titulares no están haciendo. Una lectura que, justamente por incómoda, nadie quiere hacer.

El síntoma como mensaje

En la mirada transpersonal, el síntoma nunca es solamente un déficit. Es también un mensaje. Una señal que viene a decir algo que la conciencia ordinaria no está pudiendo escuchar. Cuando una sociedad entera empieza a manifestar malestar psicológico en niveles inéditos, lo que está ocurriendo no es solamente una epidemia de trastornos: es un llamado colectivo.

Pensalo así. Durante décadas, la promesa fue más o menos la misma: estudiá, trabajá, comprá, consumí, ascendé. El bienestar venía atado a una serie de logros externos. Tener. Hacer. Demostrar. Pero en los últimos años, ese libreto se fue resquebrajando. La economía no responde. Las instituciones no contienen. Las certezas se evaporan. Y cuando se cae el cuento que nos sostuvo durante generaciones, la psique entra en colapso.

Ese colapso —ese 28,1%— no es solamente un fracaso. Es también un despertar forzoso. Una especie de crisis de crecimiento colectiva. Como cuando una persona atraviesa lo que en psicología transpersonal llamamos «emergencia espiritual»: un proceso que parece un brote psicótico pero que en realidad es una expansión de la conciencia que no encuentra marco de contención.

¿Y si no es enfermedad?

No estoy diciendo que la angustia no exista. Existe, y mucho. Lo que digo es que quizás —solamente quizás— parte de esa angustia no venga de un déficit químico o de una debilidad individual, sino de la presión que ejerce una conciencia que está tratando de expandirse en un mundo que todavía opera con reglas viejas.

El insomnio, por ejemplo. Todo el mundo lo nombra como síntoma patológico. Pero, ¿y si el no poder dormir fuera también una resistencia a «apagar» la conciencia en un momento en que la conciencia está tratando de despertar? No digo que haya que dejar de tratarlo. Digo que, además de tratarlo, podemos escucharlo.

Lo mismo con la angustia difusa. Esa sensación de que «algo no está bien» pero sin saber exactamente qué. La clínica tradicional la cataloga como ansiedad generalizada. La mirada transpersonal agrega una pregunta: ¿y si esa angustia difusa es la voz de un self más profundo que está pidiendo un cambio de rumbo vital, y como no encuentra palabras, se manifiesta como malestar?

El lado B del dato

Hace quince años que trabajo con personas que llegan al consultorio rotas, confundidas, sin saber qué les pasa. Y en casi todos los casos, lo que parecía una patología era, en el fondo, un proceso de transformación que no encontraba nombre. Personas que estaban pariendo una nueva versión de sí mismas sin comadrona que las asistiera.

Quizás ese 28,1% sea eso: una sociedad entera que está pariendo algo nuevo, pero que solamente registra los dolores de parto y los llama enfermedad porque no tiene otro lenguaje para nombrarlos.

El lado B de este dato es incómodo porque nos obliga a dejar de pensar en términos de «curar» para empezar a pensar en términos de «acompañar un nacimiento». Y un nacimiento siempre duele. Pero no todo lo que duele es patológico.

Lo que podés hacer con esto

Si te sentís identificado con ese 28,1%, no te apures a medicalizarlo todo. Buscá espacios donde puedas explorar qué hay debajo de ese malestar. A veces lo que llamamos crisis es, simplemente, la versión adulta de una metamorfosis.

La propuesta no es negar el dolor. Es preguntarle qué viene a decirnos.

Si esto te resonó y querés explorarlo en un espacio terapéutico, podés agendar una sesión en mi consultorio online.