Perdimos la final. Argentina cayó contra España en el partido más importante del mundo. Y lo que vino después fue un combo que mezcló frustración, insultos, acusaciones de abuso racial, investigación de la FIFA y —como broche de oro— un decreto migratorio que permite negar la entrada o expulsar a extranjeros que «difundan odio contra los argentinos».
Yo miro todo esto y no puedo evitar pensar en el consultorio. Porque lo que está pasando a nivel colectivo es exactamente lo mismo que pasa en una sesión individual cuando alguien se enfrenta a una emoción que no puede tolerar. La proyecta afuera. Y después quiere eliminar al receptor de esa proyección.
Carl Jung le puso nombre a esto hace más de un siglo: la sombra. Todo aquello que no queremos ver de nosotros mismos —la rabia, la impotencia, la humillación, la envidia— no desaparece porque lo ignoremos. Se va al sótano de la psique. Y desde ahí, opera sin que nos demos cuenta. Lo proyectamos en otro. El otro se vuelve el portador de todo lo que no podemos tolerar en nosotros.
Como país, hace décadas que cargamos con una sombra espesa. Crisis económicas cíclicas, promesas rotas, una autoestima nacional que oscila entre la grandiosidad y la humillación. El fútbol, en ese esquema, funciona como la gran válvula de escape. Cuando ganamos, somos los mejores del mundo. Cuando perdemos, alguien tiene que pagar.
¿Qué pasó en el Mundial? Perdimos. Y no fue una derrota cualquiera. Fue una derrota con sabor a humillación. Algo en el inconsciente colectivo se activó: «otra vez no pudimos», «otra vez nos quedamos afuera», «otra vez la historia se repite». El fútbol no era solamente fútbol. Era el escenario donde estábamos actuando un guion mucho más antiguo.
Cuando un paciente llega al consultorio después de una pérdida, suelo escuchar una secuencia predecible: primero la tristeza, después la bronca, después la búsqueda de culpables. «Me dejó porque es un egoísta», «me echaron porque mi jefe es un incompetente», «perdí la plata por culpa del gobierno». Casi nunca —casi nunca— la primera reacción es preguntarse: ¿qué parte de esto me pertenece?
Lo mismo pasó después del partido. El dolor de la derrota era demasiado grande para sostenerlo. Entonces apareció la proyección. Los españoles, los hinchas rivales, los extranjeros, los que «nos odian». El enemigo externo es siempre más fácil de digerir que la propia sombra.
Y cuando la proyección se institucionaliza —con un decreto migratorio, por ejemplo— estamos frente a un fenómeno que trasciende lo individual y pasa a ser estructural. La sombra deja de ser un proceso psicológico y se vuelve política de Estado. Ahí el problema ya no es de un paciente: es de todo un pueblo.
Todo el debate gira alrededor de si el decreto es necesario o exagerado, de si los insultos fueron racismo o calentura de partido, de si la FIFA investiga o no investiga. Nadie —absolutamente nadie— está preguntando: ¿qué nos dice todo esto de nosotros mismos?
Esa es la pregunta que no queremos hacernos. Porque si la hacemos, se cae el relato cómodo de «nosotros los buenos, ellos los malos». Y aparece algo mucho más inquietante: la posibilidad de que el odio que vemos afuera sea, en realidad, un reflejo del odio que no estamos procesando adentro.
En terapia transpersonal trabajamos esto todos los días. La sombra no se elimina: se integra. Se mira de frente, se reconoce, se le da un lugar. Recién ahí deja de actuar a escondidas y de proyectarse sobre otros.
Perder un Mundial duele. Que te insulten duele. Que te humillen en público duele. Todo eso es real y no lo minimizo. Pero el camino transpersonal no va por decretar quién puede entrar o salir del país. Va por preguntarnos qué herida ancestral se activó con esa derrota y qué estamos dispuestos a mirar de nosotros mismos para no necesitar más un enemigo externo que nos haga sentir víctimas.
Porque mientras sigamos proyectando nuestra sombra en el otro, el partido más importante —el que se juega adentro— lo vamos a seguir perdiendo.
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