Mirás las imágenes desde tu living. Un helicóptero descarga agua sobre una montaña que parece una antorcha. Familias huyen en autos cargados con lo que pudieron agarrar. El noticiero lo muestra en loop, como si fuera una serie de Netflix. Pero hay algo que te está pasando por adentro mientras mirás, y no es solo lástima o impotencia. Es algo más viejo, más profundo. Algo que el inconsciente colectivo te está susurrando y vos no querés escuchar.
Porque el fuego no empezó ahí. El fuego empezó hace meses, hace años, en un montón de lugares que nadie quiere mirar. Y cuando un arquetipo se activa a esta escala — cuando el planeta entero mira cómo el fuego devora casas, bosques, recuerdos — no es solo una noticia climática. Es un síntoma. Y los síntomas hay que leerlos, no ignorarlos con un café en la mano.
¿Qué está quemando el fuego de California que vos también necesitás dejar ir?
En la terapia transpersonal, el fuego no es el enemigo. Es transformación pura. Es lo que no negocia, lo que no pide permiso. El fuego quema lo que ya no sirve. Y si mirás bien las imágenes de California, vas a ver algo que los titulares no muestran: no es el fuego el que ataca. Es la acumulación lo que alimenta las llamas.
Secuelas de sequía, bosques que no se quemaron a tiempo porque el sistema prefirió no intervenir, casas construidas en zonas que la naturaleza ya había marcado como sagradas. El fuego no discrimina, pero tampoco es un capricho. El fuego dice: «Esto que acumulaste sin soltar, esto que ignoraste durante años, esto que creíste que podías controlar… ahora te lo llevo todo.»
Y ahí está el paralelo que nadie te va a contar en el noticiero.
Mientras ves las llamas en la pantalla, hay algo en tu pecho que se aprieta. No es solo empatía. Es reconocimiento. Porque todos tenemos una California adentro: un lugar que supimos habitar y que ahora está siendo arrasado por algo que no podemos detener. Una relación que se quema. Un trabajo que ya no da oxígeno. Una creencia que nos sostuvo y ahora se derrumba como una viga de madera.
“No te quemes por lo que no pudiste soltar a tiempo.” — Esa frase no es poesía. Es una instrucción del alma.
Y sin embargo, seguimos mirando el fuego como si fuera algo que les pasa a otros. Como si las llamas no estuvieran también adentro nuestro, esperando que les demos espacio para transformar lo que ya está muerto.
Cuando un incendio masivo ocurre, todos lo sentimos. No importa si estás en Buenos Aires, en Madrid o en una isla perdida. El trauma colectivo es real: es la sensación de que el suelo se mueve, de que las certezas se queman, de que el hogar es una ilusión. Y en esos momentos, lo peor que podés hacer es mirar para otro lado.
Porque el inconsciente colectivo está gritando algo que no es tan difícil de entender: «No podes seguir acumulando. No podes seguir negando. No podes seguir construyendo sobre cenizas sin hacer el duelo.»
Y ahí estás vos, con el mate o el café, viendo cómo el fuego avanza. Y quizás lo que más miedo te da no es lo que pasa del otro lado del mundo, sino lo que se empieza a quemar adentro tuyo.
Te invito a hacer un ejercicio incómodo. Mientras ves las próximas imágenes del incendio en California, preguntate:
No hace falta que las respondas en voz alta. Pero si te das cuenta de que algo adentro está pidiendo fuego — no para destruir, sino para renacer — entonces entendiste el mensaje.
California va a arder, va a llorar, va a reconstruir. Es el ciclo de la naturaleza. Lo mismo pasa adentro de cada persona que tiene el coraje de mirar su propio incendio interior. Porque después del fuego viene el crecimiento: las semillas que necesitan calor para abrirse. Las tierras que se fertilizan con ceniza. La vida que aprende de nuevo a levantarse.
Pero para que eso pase, primero tenés que dejar que el fuego haga su trabajo. Y eso significa animarte a soltar lo que ya no te sostiene, aunque duela. Aunque no entiendas cómo vas a hacer después. Aunque todo lo demás siga ardiendo en la pantalla.
El Lado B de California no es una nota periodística. Es una pregunta que el universo te está haciendo con mayúsculas:
“¿Vas a esperar a que el fuego te saque de tu casa, o vas a tener la valentía de evacuar antes de que sea tarde?”
Elegí. Porque el fuego no espera.
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