Hoy vi un trend que explotó en redes: mujeres contando cómo siempre terminan siendo la «segunda opción». La que está ahí, disponible, dando, esperando. Y una parte de mí se preguntó: ¿por qué seguimos repitiendo este guión? No es casualidad, no es mala leche del universo. Hay un patrón que se cuela por las raíces de tu árbol genealógico y te susurra al oído que tenés que ganarte el amor a pulso.
Te voy a contar algo que nadie te dice: vos no sos «la no elegida». El que no te elige no es tu problema. Tu problema es que te pasaste la vida creyendo que tenías que hacerte pequeña, útil y silenciosa para que alguien te viera. Y lo peor: lo aprendiste antes de tener uso de palabra.
Cuando una paciente llega a mi consultorio con esa frase —»siempre doy más de lo que recibo»— lo primero que hago no es preguntarle por su pareja o su jefe. Le pregunto por su mamá, por su abuela, por la tía abuela que nunca se casó porque tenía que cuidar a los padres. Porque este trauma no nace en vos: se hereda.
En las familias, sobre todo las latinoamericanas, hay un mandato silencioso que se pasa de madre a hija: «Vos tenés que servir para ser valiosa». La mujer que sirve, la mujer que da sin medida, la mujer que pone los deseos de los otros antes que los propios. ¿Te suena? Esa es tu historia, pero también la de tu bisabuela que emigró, la de tu abuela que crió sola, la de tu mamá que trabajó el doble.
El trauma del «no elegida» no es sobre no ser suficiente. Es sobre haber aprendido que tu valor se mide en lo que entregás, no en lo que sos.
Porque el inconsciente no distingue entre seguridad y sufrimiento. Si te criaron en un ambiente donde el amor venía con condiciones —»si sos buena, te quiero», «si me ayudás, te miro»— tu cerebro asoció el afecto con la renuncia. Y hoy, en la adultez, cuando alguien te da sin pedir nada a cambio, te parece extraño, falso, peligroso. Preferís a quien te da migajas porque eso te resulta familiar.
Acá va una pregunta incómoda: ¿cuántas veces elegiste a alguien que no te elegía a vos? Y no estoy hablando solo de pareja. Estoy hablando de trabajos donde te explotaron, de amistades donde vos siempre llamabas, de familiares que solo se acordaban de vos cuando necesitaban algo.
Hacé una pausa ahora. Respirá. Pensá en la última vez que pediste algo y te costó. No un favor grande. Un favor chico: que te alcancen el agua, que te escuchen cinco minutos, que te elijan a vos para salir un sábado. ¿Sentiste culpa? ¿Miedo a molestar? Eso es el trauma.
Sanar no es dejar de dar. Sanar es dar desde el excedente, no desde la carencia. Es entender que podés ser generosa sin anularte. Que podés amar sin que te duela. Que podés estar en una relación donde recibís tanto como das, sin tener que pedirlo con lágrimas en los ojos.
El primer paso es registrar: ¿de quién heredaste esta forma de amar? ¿Quién en tu familia se sentía «la segunda opción»? ¿Tu mamá? ¿Tu abuela? ¿Una tía que siempre contaban como «la que ayudaba a todos pero nadie la ayudaba a ella»? No es tu karma personal. Es un patrón que podés cortar. Acá y ahora.
El segundo paso es permitirte incomodar. Cuando dejes de dar tanto, algunos se van a enojar. Algunos te van a decir que cambiaste. Otros van a desaparecer. Y eso, aunque duela, es una bendición: los que se van no te querían a vos, querían lo que les dabas.
Dejar de ser la que más da no te vuelve egoísta. Te vuelve una persona que se elige a sí misma por primera vez.
No te estoy diciendo que mañana te vuelvas fría o calculadora. Te estoy invitando a preguntarte: si vos fueras tu propia mejor amiga, ¿te dejarías seguir en ese lugar donde das y das y apenas recibís? La respuesta la sabés. Siempre la supiste. Solo que nadie te había dado permiso para mirarla de frente.
El trauma de la no elegida se rompe cuando vos te convertís en la que se elige a sí misma. No desde la soberbia ni desde el ego. Desde la dignidad de saber que merecés ocupar lugar sin tener que pagar con tu energía, tu tiempo o tu silencio.
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