Mundial 2026: ¿y si perdemos? Lo que la final con España te está haciendo sentir y no querés mirar

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Mundial 2026: ¿y si perdemos? Lo que la final con España te está haciendo sentir y no querés mirar

Mundial 2026: ¿Y si perdemos? Lo que la final con España te está haciendo sentir y no querés mirar

El país entero late al ritmo de un solo corazón. Argentina está en la final del Mundial 2026. Enfrente, España. Las calles se llenan de banderas celestes y blancas, los grupos de WhatsApp explotan de stickers de Messi con la Copa, y cada conversación —en la fila del banco, en la verdulería, en la cena familiar— arranca y termina en el mismo lugar: ¿ganamos?

Como terapeuta transpersonal con más de quince años de consultorio, te propongo algo distinto. No vengo a hablarte de fútbol. No vengo a analizar el esquema táctico ni a discutir si el Dibu llega bien al arco. Vengo a preguntarte algo mucho más incómodo: ¿qué está pasando adentro tuyo mientras todo esto sucede afuera?

Porque la euforia colectiva tiene un lado B. Y casi nadie lo está mirando.

Cuando tu felicidad depende de veintidós personas que no conocés

Hay algo profundamente revelador en cómo vivimos los eventos deportivos masivos. Durante noventa minutos —o más, si hay alargue, y ni hablemos de los penales— depositamos nuestro bienestar emocional en las piernas de un grupo de jóvenes millonarios que no saben que existimos. Si la pelota entra, somos las personas más felices del universo. Si no, nos invade una tristeza que no sabemos muy bien de dónde viene, pero que se siente absurdamente personal.

¿Te pusiste a pensar en eso?

No estoy diciendo que no haya que disfrutar. Al contrario. El goce colectivo es una de las experiencias humanas más poderosas que existen. Sentir que gritás un gol al mismo tiempo que millones de compatriotas, que compartís las lágrimas con un desconocido en la calle, que por un rato todos somos un equipo —es hermoso, es genuino, es necesario. Pero cuando tu estabilidad emocional queda atada a un marcador, cuando tu estado de ánimo del lunes depende de lo que haga un arquero que juega en la Premier League, hay algo que merece ser mirado.

La ansiedad que no querés nombrar

En el consultorio, esta semana fue tema recurrente. Pacientes que llegan con una inquietud difusa, un nerviosismo que adjudican al partido pero que, rascando apenas un poquito, viene de otro lado completamente distinto.

«Estoy ansiosa por la final», me dicen.

Y yo pregunto, con todo el amor del mundo: ¿segura que es solo por la final?

Porque la final del domingo funciona como un espejo magnificador. La ansiedad que ya traías —por el laburo que no termina de arrancar, por esa conversación pendiente con tu pareja, por la guita que no alcanza a fin de mes, por ese proyecto que dormís hace años— encuentra en el partido una excusa socialmente perfecta para manifestarse. Es infinitamente más fácil decir «estoy nervioso por el partido» que decir «estoy angustiado porque no sé para dónde va mi vida».

Y no, no te estoy bajando la previa. Te estoy invitando a mirar lo que ya estaba ahí.

El vacío post-mundial del que nadie habla

Ganemos o perdamos, el lunes va a haber resaca. Y no hablo solo del alcohol.

Cuando termina un evento de intensidad emocional tan alta, tan masiva, tan compartida, sobreviene lo que en psicología llamamos vacío post-eufórico. De repente se acaba el tema de conversación universal, se silencian los grupos de WhatsApp, las calles vuelven a su ritmo normal, y cada persona regresa —cada una por su lado— a su vida concreta, con sus problemas concretos, con todo eso que el Mundial ayudaba a no mirar.

Y ahí, en ese silencio, es donde aparecen las preguntas incómodas.

¿Qué hago con mi vida ahora que no hay Mundial que me entretenga? ¿En qué me sostengo cuando no hay euforia colectiva que me tape los agujeros propios? ¿Quién soy cuando no estoy gritando un gol?

Son preguntas que nadie quiere hacerse un domingo a la tarde, pero que el lunes a la mañana —inevitablemente— tocan la puerta.

La mirada transpersonal: el fútbol como ritual sagrado

Desde la psicología transpersonal, entendemos que todo fenómeno colectivo intenso tiene una dimensión espiritual. Y el fútbol, te guste o no, es el ritual contemporáneo más masivo y poderoso que tenemos como especie.

Émile Durkheim hablaba de la efervescencia colectiva: esos momentos extraordinarios donde un grupo humano entra en un estado de comunión emocional que trasciende por completo lo individual. Es exactamente lo que pasa cuando gritamos un gol al mismo tiempo que cuarenta y cinco millones de argentinos. Por un instante, dejamos de ser personas separadas —con nuestras biografías, nuestras neurosis, nuestras cuentas pendientes— y nos fundimos en algo más grande. Una conciencia colectiva que nos contiene, nos disuelve, nos hace sentir parte de algo trascendente.

Eso es hermoso. Y también es profundamente adictivo.

Porque cuando la vida cotidiana no te da ese sentido de pertenencia, de trascendencia, de conexión con algo más grande que vos mismo, lo vas a buscar donde aparezca. Y el fútbol —como cualquier otro gran ritual colectivo— te lo da. Pero solo por un rato.

¿Qué hacemos con todo esto?

No te estoy pidiendo que no veas la final. Faltaba más. Te estoy invitando a que te mires mientras la ves. A que uses este momento de intensidad emocional colectiva como una oportunidad de autoconocimiento.

Preguntate, con honestidad brutal: ¿esto que siento ahora, es solo por el partido? ¿Hay algo más abajo? ¿Hay una necesidad de pertenencia que no está siendo satisfecha en otros ámbitos de mi vida? ¿Hay una necesidad de euforia porque mi día a día es demasiado gris? ¿Hay una necesidad de olvido, de evasión, de no pensar?

Disfrutá el ritual. Vivilo con todo el cuerpo y el alma. Abrazá al desconocido, llorá si hay que llorar, gritá hasta quedarte sin voz. Es genuino, es humano, es sagrado.

Pero el lunes, cuando todo eso se apague, acordate de quién sos. Porque el verdadero partido —ese que jugás todos los días con vos mismo, contra tus propios fantasmas, a favor de tu propia vida— sigue. Con o sin Mundial.

Y ese partido, a diferencia del otro, lo ganás todos los días que elegís mirarte.

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