Falta un día para la final. Argentina vs España. Todo el país está paralizado. Las calles se visten de celeste y blanco, los vecinos sacan las banderas, los grupos de WhatsApp explotan, y en cada conversación hay un solo tema: vamos a ser campeones del mundo.
Y yo te pregunto, con todo el respeto del mundo: ¿qué estás festejando realmente?
No te asustes con la pregunta. No te estoy juzgando. Todo lo contrario: te estoy tendiendo una llave. Porque la euforia colectiva de un Mundial —sobre todo cuando tu selección está a un paso de la gloria— es una de las experiencias humanas más reveladoras que existen. Y nadie, pero nadie, se está tomando el tiempo de mirar qué hay detrás.
Mirá alrededor. Hay una energía que no es normal. No es solo alegría deportiva. Hay necesidad. Hay una urgencia casi desesperada por ganar. Como si el resultado del domingo fuera a definir algo mucho más grande que un torneo de fútbol.
En la terapia transpersonal llamamos a esto identidad proyectada. Ponés afuera —en la selección, en Messi, en la Scaloneta— la tarea de demostrar quién sos. Si ganan, ganás vos. Si pierden, perdés vos. Y entremedio, queda muy poco espacio para preguntarte: ¿quién soy yo cuando no hay fútbol?
No es casual que el argentino promedio viva en una montaña rusa emocional permanente. Crisis económica, incertidumbre laboral, inflación que no para, grieta política. En ese contexto de inestabilidad constante, el fútbol se vuelve el único terreno donde sentís que tenés control. Donde las reglas son claras. Donde el merecimiento existe: si jugás bien, ganás. Simple. Exactamente lo opuesto a la vida real.
Lionel Messi es, quizás, el ejemplo más claro de esta dinámica. Argentinos que lo aman con una devoción casi religiosa. ¿Por qué? Porque Messi nos representa. No solo como futbolista, sino como ideal: el que sufrió, el que se fue, el que volvió, el que nunca se rindió, el que calló bocas. Messi es el cuento que nos contamos a nosotros mismos sobre quiénes somos.
Pero si Messi se retira mañana, si pierde la final, si falla un penal en el minuto 90… ¿vos te derrumbás con él? Porque si la respuesta es sí, hay algo que revisar.
«El ídolo no es más que un espejo donde proyectás tu propia grandeza no reclamada.» — Sandra Marcela Almazán
No estoy diciendo que no disfrutes del partido. Ni que está mal emocionarse. Lo que estoy señalando es que si tu bienestar depende de un resultado deportivo, hay un vacío adentro que ningún triunfo va a llenar. Porque cuando termine el Mundial —gane o pierda Argentina— va a llegar el lunes. Y la inflación va a seguir. Y la incertidumbre laboral va a continuar. Y la grieta va a estar ahí. Y vos, si no te ocupaste de tu propio centro, vas a necesitar el próximo evento para volver a sentirte vivo.
Eso se llama adicción emocional. Y el fútbol, como cualquier otro objeto de fanatismo —la política, el trabajo, las relaciones— puede convertirse en tu droga.
Hoy todos asumen que Argentina va a ganar. España es favorito en las apuestas, pero el argentino confía. «La Scaloneta tiene mística», dicen. «Messi no puede irse sin otro Mundial». Pero la vida real no funciona con argumentos emocionales. La vida es incierta. Y vos, si no aprendés a gestionar esa incertidumbre desde adentro, vas a vivir permanentemente a merced de lo que pase afuera.
La propuesta del camino transpersonal no es que dejes de ser hincha. Es que primero seas hincha de vos mismo. Que tu centro esté tan firme que puedas celebrar un triunfo sin volverte arrogante y soportar una derrota sin desmoronarte. Eso es madurez emocional. Eso es soberanía espiritual.
Domingo, minutos antes de la final. Hacé esto:
Disfrutá del fútbol, por supuesto. Pero no dejés tu alma en la cancha. Tu alma te necesita adentro de vos, no corriendo detrás de una pelota.