Francia legalizó la muerte asistida: ¿y si el alma ya sabía cuándo?

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16/07/2026

Francia legalizó la muerte asistida: ¿y si el alma ya sabía cuándo?

Francia legalizó la muerte asistida: ¿y si el alma ya sabía cuándo?

Francia acaba de aprobar su ley de muerte asistida. El debate viene caliente desde hace años y finalmente se votó. Los argumentos a favor hablan de dignidad, autonomía, compasión, el derecho a decidir hasta el final. Los argumentos en contra hablan de pendientes resbaladizas, de presión sobre los más vulnerables, de jugar a ser Dios. Y en el medio de ese ring discursivo —siempre en el medio, siempre invisibilizada— está la pregunta que la psicología transpersonal se anima a hacer en voz alta: ¿el alma ya sabe cuándo va a partir?

Porque una cosa es lo que el ego quiere, y otra muy distinta lo que el alma vino a transitar. Y si confundimos una con la otra, podemos estar decidiendo desde el lugar equivocado.

El tabú de la muerte en una sociedad que no quiere soltar

Vivimos en una cultura que le tiene pánico a la muerte. La medicalizamos, la escondemos en hospitales, la maquillamos, la negamos. No sabemos morir porque nunca aprendimos. Y no sabemos acompañar la muerte ajena porque la nuestra nos aterra.

La muerte asistida se presenta como una solución a un problema concreto: el sufrimiento insoportable al final de la vida. Y en muchos casos lo es. Pero también es un síntoma de algo más profundo: le tenemos tanto miedo al dolor, a la pérdida de control, a la dependencia, que preferimos apagar la luz antes de que la oscuridad nos muestre algo que no queremos ver.

La mirada transpersonal no está en contra de la muerte asistida ni a favor. Está en otro lado. Está en preguntarse, más allá del debate legal: ¿quién decide en vos cuando decís «quiero morir»? ¿Es tu alma o es tu miedo?

El ego, el alma y el umbral

Hay una diferencia fundamental que la psicología transpersonal trabaja desde hace décadas: no es lo mismo el deseo del ego que el propósito del alma.

El ego quiere control. El ego quiere decidir el cuándo, el cómo y el por qué de cada cosa. El ego se aferra a la ilusión de que puede manejar la vida —y la muerte— a voluntad. Y cuando no puede, entra en pánico.

El alma, en cambio, tiene un plan. Un diseño. Un contrato que firmó antes de encarnar —usemos la metáfora que más te cierre—. Y ese plan incluye una fecha de salida. Incluye aprendizajes que, a veces, se completan justo en los últimos días, en las últimas horas, en ese umbral que nadie quiere cruzar pero que es la puerta más sagrada que existe.

Hay pacientes terminales que, desde una mirada estrictamente médica, «ya no tienen sentido» sus últimos días. Pero desde una mirada transpersonal, esos días pueden ser los más importantes de toda su existencia. La reconciliación con un hijo que no llegó antes. La palabra de perdón que estuvo atragantada cuarenta años. La paz que el alma vino a buscar y que encuentra justo ahí, en la fragilidad total, cuando el ego finalmente suelta.

¿Y si la muerte asistida se aplica antes de que ese proceso se complete? ¿Y si intervenimos en un timing que no nos corresponde?

La muerte como acto de conciencia

No estoy diciendo que haya que sufrir por sufrir. No hay nada espiritual en el dolor evitable. Pero sí hay algo profundamente espiritual en atravesar el final de la vida con los ojos abiertos, con conciencia, sin anestesiar lo que el alma vino a experimentar.

La muerte asistida puede ser un acto de profunda libertad… o puede ser una huida elegante del proceso más transformador que existe. La diferencia no está en la ley: está en quién toma la decisión y desde dónde.

Si la decisión viene del miedo —miedo al dolor, miedo a la dependencia, miedo a ser una carga, miedo a lo desconocido—, entonces no es libertad. Es pánico disfrazado de autonomía.

Si la decisión viene de la certeza serena de que el alma ya completó su recorrido, de que no hay cuentas pendientes, de que el círculo se cerró en paz, entonces es otra cosa. Es un tránsito consciente. Es un acto de soberanía del alma, no del ego.

La pregunta que nadie te está haciendo

Mientras el Congreso francés votaba y los medios debatían, hubo una pregunta que brilló por su ausencia. Y es la pregunta que yo te dejo hoy:

  • ¿Tenés miedo a la muerte o tenés miedo a la vida que no estás viviendo?
  • ¿Estarías en paz si te fueras hoy?
  • ¿Qué conversaciones pendientes tenés con las personas que amás?
  • ¿Tu alma completó lo que vino a hacer, o estás postergando tu vida como si fueras inmortal?

Porque el mejor antídoto contra el miedo a morir no es decidir cuándo hacerlo. Es vivir de tal manera que, cuando llegue la hora —la que elija tu alma, la que decida la vida, la que toque—, te encuentre en paz. Con las valijas hechas. Sin deudas emocionales. Sin palabras guardadas.

Esa es la verdadera muerte digna. Y empieza mucho antes de la ley.

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