Argentina en la final del Mundial: ¿y cuando termine, qué?

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Argentina en la final del Mundial: ¿y cuando termine, qué?

Argentina en la final del Mundial: ¿y cuando termine, qué?

Argentina está en la final del Mundial 2026. Le ganamos 2 a 1 a Inglaterra en una semifinal que paralizó al país entero. Las calles explotaron, el Obelisco se llenó, las redes sociales ardieron con la bandera de Malvinas flameando en cada rincón. Y mientras escribo esto, millones de argentinos ya están pensando en la final contra España, contando las horas, imaginando el desenlace. La euforia es total. La alegría, genuina. Pero hay una pregunta que nadie se está haciendo —y que desde mi consultorio escucho todos los días disfrazada de otras cosas—: ¿y cuando termine el Mundial, qué?

La felicidad prestada

No me malinterpretes. Soy argentina, lloré con el gol de Messi y grité como loca en el penal de Dibu. Lo que quiero proponerte es una lectura distinta, la que hago con mis pacientes cuando vienen después de un pico de felicidad fulminante y a los tres días se derrumban sin entender por qué.

La euforia colectiva que estamos viviendo es real. Pero también es una anestesia. Durante el Mundial, todo un país deposita su bienestar emocional en once jugadores que patean una pelota. Y mientras tanto, las preocupaciones individuales —el laburo que no alcanza, la pareja que hace agua, la angustia que venías arrastrando desde marzo— quedan en pausa. No desaparecen: se adormecen.

Esto no es nuevo en la historia de la humanidad. En todas las culturas existen rituales de catarsis colectiva. Los griegos tenían el teatro trágico; nosotros tenemos el fútbol. La diferencia es que el teatro griego buscaba transformarte —Aristóteles hablaba de la catarsis como una purificación del alma—. El fútbol, en cambio, te distrae. Y cuando termina la distracción, el vacío que estaba ahí desde antes vuelve, a veces multiplicado.

Lo que el Mundial tapa (y no queremos mirar)

En el consultorio lo veo todo el tiempo: pacientes que entran a sesión diciendo «estoy bárbaro, Argentina ganó» y en el fondo están usando la victoria ajena para no mirar su propia trinchera. No hablo de derrota en un sentido trágico, sino de esas cosas que evitamos sistemáticamente: la conversación pendiente con la pareja, el cambio de carrera que nos da miedo, el duelo que nunca hicimos, la soledad que tapamos con ruido.

La euforia prestada tiene fecha de vencimiento. El 19 de julio, pase lo que pase, el Mundial se termina. Y al otro día te levantás, mirás el techo, y el alquiler sigue sin pagarse, la angustia sigue ahí, tu vida te espera intacta, como la dejaste. Si todo tu bienestar dependía de la Scaloneta, quedás en pelotas.

Y ojo, no estoy diciendo que no haya que disfrutar. El disfrute colectivo es sanador cuando se integra. Lo peligroso es cuando se convierte en la única fuente de bienestar. Ahí deja de ser celebración y pasa a ser evasión.

La lectura transpersonal de la euforia colectiva

Desde la psicología transpersonal —esa rama que no se queda en la conducta visible y se anima a mirar el alma, la energía, lo sutil—, lo que está pasando en el país es fascinante.

Una nación entera vibrando en una misma frecuencia durante noventa minutos. Millones de corazones sincronizados, millones de respiraciones contenidas, millones de almas pidiendo lo mismo al unísono. Eso, técnicamente, es un campo mórfico colectivo de una potencia brutal. Es energía pura, disponible, usable.

La pregunta transpersonal no es «¿ganamos o perdemos?». La pregunta es: ¿qué hacemos con esa energía cuando el partido termina?

Esa misma fuerza que ponés en saltar del sillón, en gritar hasta quedarte sin voz, en abrazar a un desconocido en la calle, ¿podrías ponerla en algo que te transforme? ¿En empezar terapia, en llamar a tu vieja, en tomar esa decisión que venís postergando hace años, en mirar de frente lo que te duele?

La energía no se crea ni se destruye, se transforma. La euforia del Mundial puede ser un puente hacia algo más profundo, o puede ser un loop de dopamina barata que termina en resaca emocional. La diferencia la elegís vos.

Mirar hacia adentro cuando todos miran la pantalla

El verdadero partido se juega adentro. Y ese no lo gana Messi por vos, ni lo pierde el VAR. Ese lo jugás solo, con vos mismo, todos los días, con cada decisión que tomás y con cada cosa que evitás.

Te dejo una invitación concreta para estos días previos a la final: disfrutá, gritá, llorá, abrazá a desconocidos, viví la euforia. Pero en algún momento de silencio —cuando el vecino apague la música, cuando las redes se calmen, cuando te acuestes a dormir—, hacete estas tres preguntas:

  • ¿De qué me está distrayendo este Mundial?
  • ¿Qué conversación estoy evitando?
  • ¿Qué parte de mi vida está en pausa mientras espero el resultado?

La verdadera copa no se levanta en un estadio. Se levanta cuando dejás de evadir y empezás a vivir. Y eso, por suerte —o por desgracia—, no depende de ningún penal.

Nos vemos en el consultorio. Porque cuando termine el Mundial, tu vida te va a estar esperando. Y esta vez, ojalá, decidas ir a buscarla.

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