Mirás el teléfono y ves misiles en Ucrania. Después, bombardeos en Gaza. Pasás al siguiente reel y hay un video de Irán lanzando drones. Cerrás la app, pero no cerrás la sensación: un nudo en el pecho, una opresión que no sabés bien de dónde viene. Y te preguntás: «¿Por qué me afecta tanto algo que pasa a miles de kilómetros?» La respuesta es incómoda: porque no hay «allá». Todo está acá. Tu psique no entiende de fronteras geopolíticas.
Lo que estamos viviendo como humanidad no es una racha de mala suerte histórica. Es la eclosión del arquetipo de Marte en el inconsciente colectivo, y vos lo estás sintiendo en tu propia carne aunque no estés en un campo de batalla.
En terapia transpersonal no hablamos de «mala onda mundial» ni de «energías densas» como si fueran un clima que te toca sufrir. Hablamos de arquetipos: patrones universales de comportamiento que se activan cuando una civilización llega a cierto punto de saturación. Hoy, Marte está en su esplendor. Marte no es solo el dios de la guerra: es la fuerza que divide, que separa, que defiende el propio territorio a cualquier costo. Es el impulso de decir «yo contra vos», «mi verdad contra la tuya», «mi sangre contra la tuya».
Y no te engañes: ese mismo patrón lo estás reproduciendo en tu vida cotidiana. Cuando te enojás con el vecino por el ruido, cuando te peleás con tu pareja por quién tiene razón, cuando sentís que tenés que imponer tu punto de vista en una discusión de Twitter. La guerra mundial no es otra cosa que la externalización de una guerra que todos llevamos adentro.
La pregunta no es «¿cómo parar la guerra en el mundo?» La pregunta es «¿cómo dejo de ser yo mismo/a un campo de batalla?»
Si creés que te afecta solo porque «sos sensible» o «tenés empatía», te estás perdiendo el punto. Lo que sentís cuando ves las noticias no es solo compasión: es resonancia. El inconsciente colectivo no es una metáfora: es una red psíquica real. Jung lo llamaba «inconsciente colectivo», y hoy la neurociencia lo llama «neuronas espejo a escala global». Cuando ves un cuerpo destrozado, una parte de tu sistema nervioso no sabe que no sos vos. Tu cuerpo reacciona como si estuvieras ahí.
Eso no es debilidad. Es conexión. Pero si no sabés gestionarla, te paraliza. Te llena de una ansiedad difusa que no tiene destinatario. Te deja con la sensación de que el mundo se está cayendo a pedazos y no podés hacer nada.
Hay dos trampas en este momento histórico. La primera es la sobrexposición: pasar ocho horas viendo noticias, doomscrolling, debatiendo en comentarios, sintiendo que si no sabés todo, no sos una persona informada. Eso no te hace más consciente: te hace un receptáculo de trauma ajeno. La segunda trampa es la desconexión total: «No miro noticias, no me importa, cada uno en su país». Esa es la falsa paz de la indiferencia. Y la indiferencia también es violencia, solo que más silenciosa.
El camino del medio —el que ninguna cuenta de Twitter te va a recomendar— es regular tu exposición sin cerrar tu corazón. No se trata de elegir entre estar informado o estar en paz. Se trata de aprender a sostener ambas cosas.
No te voy a dar una lista de «10 pasos para estar en paz mientras explota el mundo». Porque eso no funciona. Te voy a dar una sola cosa, que es la única que funciona: discernir entre lo que es tuyo y lo que no es tuyo.
Esto no es una licencia para la indiferencia. Es una invitación a ser estratégico con tu energía. La guerra se alimenta de tu atención emocional sin filtro. Si vos estás ansioso, irritable, dormís mal y explotás con tus hijos porque viste un video de un bombardeo, no estás ayudando a nadie. Estás siendo parte del problema: estás llevando la guerra a tu casa.
No podés apagar el fuego del mundo si vos mismo/a estás en llamas.
En mis sesiones, cuando alguien llega diciendo «no soporto ver lo que pasa en el mundo, me destruye», lo primero que hacemos no es hablar de geopolítica. Hablamos de qué guerra interna está activada en esa persona. Porque el inconsciente colectivo no te impacta al azar: te impacta en las grietas que ya tenés. Si tenés conflictos no resueltos con tu propia agresividad —que la tenés, todos la tenemos—, vas a proyectar eso afuera y te va a consumir.
Si sentís que no podés más con la ansiedad global, preguntate: ¿qué conflicto estoy evitando en mi propia vida? ¿Qué batalla no quiero pelear conmigo mismo/a? Porque mientras no resuelvas tu guerra interna, cualquier noticia de un misil te va a activar como si te estuvieran atacando a vos.
La paz mundial empieza cuando vos dejás de ser un campo de batalla. Cuando podés ver el caos afuera y decir: «esto no soy yo, esto no me define, esto no me desarma». No es insensibilidad: es soberanía emocional.
Dejame cerrar con algo que quizás te incomode: ¿y si el mundo está en guerra para que vos te des cuenta de que tenés que hacer las paces con vos mismo/a? ¿Y si esta ansiedad global no es un error del universo, sino un síntoma de que el inconsciente colectivo está pidiendo a gritos que aprendamos a habitar el conflicto sin destruirnos?
Mirar para otro lado no es la solución. Tragar noticias sin procesar tampoco. La única salida es aprender a estar presente sin ser tragado. Y eso, querido/a, no se enseña en los noticieros. Se enseña en el trabajo interior.
Si esto te resonó, podés agendar una sesión conmigo en https://www.terapiasmarcela.com/consultorio — o conocer más sobre el arquetipo de Marte y cómo gestionar la ansiedad colectiva en mis cursos y seminarios.