Dos terremotos. Magnitud 7.2 y 7.5. Doscientos treinta y cinco muertos. Más de cuatro mil trescientos heridos. Cuarenta y un mil desaparecidos. Los números son tan grandes que la mente se anestesia. Pero hay una dimensión de esta tragedia que ninguna cámara está registrando: qué pasa adentro del alma cuando el piso se mueve bajo tus pies y encima se te cae el mundo.
Los noticieros te muestran los edificios derrumbados, las carpas de emergencia, los equipos de rescate. Todo eso es real y doloroso. Pero yo, que hace más de veinte años acompaño procesos de trauma desde una mirada transpersonal, te quiero invitar a mirar lo que no se ve. Porque cuando la tierra tiembla, el alma colectiva de un pueblo entra en un estado que la psicología tradicional no alcanza a nombrar.
Desde la psicología transpersonal entendemos que el trauma no le pasa solo a un cuerpo. Le pasa a un sistema. A una familia. A un barrio. A un país entero. Cuando más de cuarenta mil personas están desaparecidas, no son cuarenta mil tragedias separadas: es una sola herida en el campo energético de una nación.
Las personas que están en Caracas, en La Guaira o en cualquier rincón de Venezuela hoy no solo tienen miedo. Están atravesando lo que llamamos una desregulación del sistema nervioso colectivo. El cuerpo entró en modo supervivencia y no sabe cómo salir. El insomnio, la irritabilidad, la parálisis, el llanto que aparece sin aviso… todo eso no es debilidad: es la respuesta natural de un organismo que procesa lo inprocesable.
Hay algo terrible en esta catástrofe que va más allá de las pérdidas materiales: la imposibilidad de despedirse. Cuando alguien muere y no hay cuerpo, cuando alguien desaparece entre los escombros, el alma queda en un limbo. No hay velorio. No hay abrazo. No hay cierre.
En nuestra tradición, despedir a los muertos es un acto sagrado. Es lo que le da forma al dolor para que no se vuelva una sombra que te persiga durante años. Pero cuando ese ritual se rompe —como está pasando ahora en Venezuela—, el duelo se congela. Y un duelo congelado no se va: se esconde, muta, y después te pasa factura en forma de ansiedad, depresión o enfermedades.
Aunque estés a miles de kilómetros, hay algo que podés hacer y que no requiere que te subas a un avión ni que dones plata. Podés sostener.
Sostener, en términos transpersonales, significa mantener presente en tu conciencia amorosa a quienes están sufriendo. No desde la lástima —que coloca al otro en un lugar de víctima—, sino desde la compasión genuina: esa que reconoce que el dolor ajeno también es propio porque, en el nivel más profundo, no estamos separados.
Hay prácticas simples que enseñamos en el consultorio:
Siempre se habla de la resiliencia como si fuera una varita mágica. Como si la gente «salió adelante» y listo, tema resuelto. Pero la resiliencia no es un acto de voluntad: es un tejido que se reconstruye de a poco, con otros, en comunidad.
La verdadera resiliencia no es «aguantar». Es atravesar el dolor sin perder la capacidad de sentir.
Y eso lleva tiempo. Meses. Años. A veces generaciones.
Venezuela hoy está en shock. Pero en unos días, cuando las cámaras se vayan y el mundo pase a otro tema, ahí va a empezar el verdadero trabajo: el de reconstruir no solo las casas, sino el entramado invisible que sostiene el alma de un pueblo. Y eso, aunque no salga en los noticieros, es lo único que realmente sana.
Si esta nota te movió algo, te invito a escucharlo. A no barrerlo abajo de la alfombra. Y si sentís que hay duelos personales o colectivos que necesitás procesar, podés pedir una sesión conmigo acá:
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Por Sandra Marcela Almazán — Terapeuta Transpersonal. Más de 20 años acompañando procesos de sanación profunda.