Treinta y ocho muertos. El ataque más letal de la guerra en todo el año: un misil sobre un depósito al oeste de Kiev, familias enteras, cuerpos que todavía se están contando. Y acá, del otro lado del mundo, la noticia duró lo que dura un reel: la viste, seguiste scrolleando y a la media hora ya no te acordabas.
No te estoy culpando. Te estoy mostrando un espejo. Porque ese instante —el de mirar una tragedia y no sentir casi nada— es el lado B más incómodo de esta época. Y tiene más que ver con tu vida de lo que imaginás.
Hay una curva que conocemos todos los que trabajamos con el dolor humano: primero te impacta, después te indigna, después te entristece y después… te deja de importar. No porque seas mala persona. Porque la psiquis no puede sostener el sufrimiento del mundo entero en la pantalla de un celular.
Entonces, para defenderse, elige un camino peligroso: apaga el sentir. Los terapeutas lo llamamos anestesia emocional, y es la respuesta automática de un corazón que no da abasto. Primero se entumece el dolor ajeno. Después, casi sin aviso, se entumece todo lo demás.
El que ya no siente la tragedia lejana, tarde o temprano deja de sentir también la alegría cercana.
Este es el punto que nadie te cuenta, y es el más importante: no se puede anestesiar selectivamente. No existe la pastilla que apaga solo el dolor del noticiero y deja intacta la emoción del abrazo, del partido con amigos, del olor a lluvia. Cuando el corazón se defiende de lo insoportable, apaga todo. Por eso tanta gente dice hoy con una mezcla de vergüenza y desconcierto:
Si te reconocés en alguna de esas frases, no estás rota ni roto. Estás defendiéndote. La pregunta es: ¿de qué te estás defendiendo, y a qué costo?
Acá entra la mirada transpersonal, porque este es un tema que la psicología sola no resuelve. El dolor del mundo es real, y taparlo no lo cura. Pero tampoco se trata de abrirse a todo sin filtro, que es la receta del agotamiento garantizado. Se trata de sentir con propósito.
En las tradiciones contemplativas existe algo que hoy llamaríamos «compasión sostenible»: la capacidad de mirar el sufrimiento sin cerrar los ojos y sin ahogarse. Se cultiva con prácticas concretas, no con buenas intenciones:
Los treinta y ocho muertos de Ucrania merecen nuestro dolor, sí. Pero también merecen algo más: que su muerte no nos encuentre anestesiados, sino vivos y sintiendo. Porque una humanidad que ya no llora no es una humanidad que superó el dolor: es una humanidad que se está apagando en silencio.
Y antes de que mires para otro lado: la anestesia emocional no aparece solo con las guerras. Aparece con las malas noticias de la familia que ya no te conmueven, con el amigo que cuenta su dolor y te encuentra con la mirada perdida, con la pareja que te habla y vos ya no escuchás. Lo que apagamos para soportar el mundo, se lo apagamos también a los que amamos.
Volver a sentir no es un lujo: es una decisión de salud. Y a veces, una decisión de amor.
Si sentís que estás en modo avión hace demasiado tiempo, que la vida te pasa por al lado sin tocarte o que el dolor del mundo te pesa más de lo que podés cargar, te espero en el consultorio. Vamos a devolverle a tu corazón la capacidad de sentir, sin que se rompa en el intento.