Esta semana las consultoras recortaron sus proyecciones y todo indica que la inflación de agosto va a rondar el 1,6 por ciento: el piso histórico de la era Milei, un número que hace un año parecía ciencia ficción. Titulares, festejos, análisis interminables. Y sin embargo, hay algo que los economistas no pueden explicar: por qué, con los índices en baja, tu cuerpo sigue apretando el pecho cada vez que entrás al supermercado.
Ese es el lado B de la noticia. Y es el que me importa.
Vamos a una verdad incómoda: durante años tu sistema nervioso aprendió a vivir en guerra. Crisis tras crisis, devaluaciones, remarcaciones de un día para el otro, el sueldo que se licuaba en la mano. Tu cuerpo archivó cada una de esas amenazas. Y ahora que el INDEC y los analistas dicen que la tormenta amainó, tu cuerpo no recibió el comunicado.
Esto que te pasa tiene nombre, y es más serio de lo que parece: trauma económico. No es un invento de los psicólogos para facturar: es la huella que deja en el sistema nervioso haber vivido años sintiendo que la supervivencia básica —el techo, la comida, el futuro de tus hijos— pendía de un hilo.
El trauma no es lo que te pasó: es lo que quedó adentro cuando terminó. Y se expresa con una lógica propia:
¿Te reconocés en alguna? No estás loca ni loco. Estás en modo supervivencia, y el modo supervivencia no se desactiva con un índice de precios: se desactiva con cuerpo, con tiempo y con trabajo interior.
Acá viene lo más profundo. La inflación no te robó solo plata: te robó la sensación de piso. Y esa sensación es anterior a cualquier gobierno y a cualquier economía: la confianza básica en que la vida provee.
Desde la mirada transpersonal, la relación con el dinero es un espejo de la relación con la abundancia, y la abundancia es una experiencia espiritual antes que financiera. Cuando vivís en la escasez durante demasiado tiempo, no solo se vacía la billetera: se vacía la fe. Dejás de creer que alcanza, que se puede, que hay para todos. Y esa desconfianza, una vez instalada, no distingue entre un billete y un abrazo.
La crisis se fue de los titulares, pero se quedó viviendo en tu manera de mirar el futuro.
La buena noticia es que lo que se aprendió se puede desaprender. El sistema nervioso es plástico: si se entrenó para la alerta, puede entrenarse para la calma. Pero no alcanza con leer la noticia y respirar hondo una vez. Hay que reeducar al cuerpo:
Que la inflación baje es una noticia. Que vos puedas volver a confiar es un proceso. Y los procesos, como bien sabés, no se resuelven con titulares: se resuelven mirándolos de frente.
Si sentís que vivís en alerta aunque los números digan otra cosa, que la culpa te persigue cada vez que te das un gusto o que el miedo a la crisis no te deja dormir, te espero en el consultorio. Vamos a devolverle a tu sistema nervioso la calma que los índices ya anunciaron.