La noticia cayó como un gol en contra en el minuto noventa y tres: Messi anunció su retiro de la Selección después de la final del Mundial 2026. Las redes se llenaron de despedidas, de fotos con la camiseta, de frases de agradecimiento. Y sin embargo, hay una pregunta que casi nadie se está haciendo: ¿qué es exactamente lo que estamos llorando? Porque no es solo fútbol. Ni siquiera es solo Messi. Es algo más profundo, más íntimo, y tiene más que ver con vos que con él.
Desde que tenemos memoria colectiva, los pueblos eligen héroes para depositar en ellos lo que no se animan a vivir: la valentía, la fe, la posibilidad de que lo imposible ocurra. Messi fue eso durante más de veinte años. El pibe de Rosario que se fue chiquito, al que le diagnosticaron un problema de crecimiento y que igual llegó a la cima del mundo. Su historia nos servía de prueba de que las cosas podían salir bien. Y ahora que se va, aparece la pregunta incómoda: ¿dónde queda puesta nuestra esperanza?
En el consultorio lo veo todo el tiempo: una paciente que llora la muerte de un ser querido y, en el medio del proceso, aparece la tristeza por el casamiento que no fue, por el trabajo que dejó, por la juventud que se fue. El duelo es así: cuando abrís la puerta del dolor, entran todos los dolores. El retiro de Messi es una puerta gigante, abierta de par en par para un país entero.
Si hoy te sentís raro, si te sorprendiste lagrimeando con un video de goles, no estás exagerando. Estás haciendo duelo por el cierre de una era, y esa era es la tuya:
Hay un detalle que me parece hermoso para mirar desde la psicología transpersonal: millones de argentinos sienten que con Messi se retira «el que llevaba la mochila». El que pateaba el penal, el que respondía, el que no podía fallar. Y ese personaje existe adentro tuyo. ¿Quién es el Messi de tu familia? ¿Quién es el que carga con la esperanza de todos, el que no puede descansar, el que siente que si falla se derrumba todo?
Los héroes no se van: se transforman. Cuando el ídolo de afuera se retira, el de adentro pide nacer.
Esa es la invitación que nos deja este final: dejar de esperar al salvador externo y empezar a sostener nuestra propia cancha. No porque Messi no haya sido enorme, sino porque el lugar del héroe no puede quedar vacío por mucho tiempo: o lo llenás con nostalgia y melancolía, o lo llenás con vos.
No hay apuro. Los duelos no se apuran, se transitan. Pero hay tres cosas que podés hacer hoy mismo para que este cierre sea sanador y no una herida:
Todo el mundo habla de récords, de quién lo reemplaza, de si la Selección va a poder sin él. El lado B es este: un país entero está haciendo duelo y no lo sabe. Y los duelos no nombrados, en las personas y en los pueblos, se convierten en melancolía crónica, en ese «todo tiempo pasado fue mejor» que tanto daño nos hace.
La próxima vez que sientas ese nudo en la garganta con una noticia de Messi, no te digas «es solo fútbol». Decite: «esto es mi corazón cerrando un capítulo». Y dale a ese capítulo el honor que merece.
Si este retiro te tocó más de lo que esperabas y querés conversarlo, te espero en mi consultorio. Los duelos se transitan mejor acompañados.