Hoy se cumplen 50 años de una de las noches más oscuras de la historia argentina. La noche del 16 de septiembre de 1976, un grupo de estudiantes secundarios de La Plata fue secuestrado por las fuerzas de la dictadura. Eran pibes que venían de pelear por algo mínimamente justo: el boleto estudiantil. La mayoría nunca volvió. Y desde 2014, cada 16 de septiembre es el Día Nacional de la Juventud.
De esa historia se habla todos los años con las palabras de siempre: memoria, verdad, justicia. Y está bien. Pero hoy quiero hablarte del lado B: de lo que esa noche, cincuenta años después, sigue removiendo adentro tuyo aunque no lo sepas.
Cuando hablamos de duelos, solemos pensarlos en singular: mi pérdida, mi familia, mi historia. Pero hay duelos que son de todos. La Noche de los Lápices no es solo el dolor de las familias de aquellos estudiantes: es una herida abierta en el alma colectiva de un país que todavía no termina de procesar lo que le pasó.
Los duelos colectivos funcionan como los personales: si no se nombran, se atrasan. Y cuando una sociedad no puede llorar a sus muertos, los heredan las generaciones siguientes. Por eso hoy, alguien que nació cuarenta años después de esa noche puede sentir un nudo en la garganta al escuchar la historia. No estás triste por algo ajeno: estás triste por algo que te atraviesa.
La memoria no es una fecha en el calendario. Es una presencia viva. Y las historias que nos contaron de chicos —o de las que nunca se habló— se meten en el cuerpo y se quedan ahí.
Preguntate, por un momento:
La dictadura nos dejó algo más que desapariciones: nos dejó un pacto de silencio que, en muchas familias, sigue operando. Temas que no se tocan, muertos de los que no se habla, emociones que «no corresponden». Y eso también se hereda: lo que no se nombra, no se sana.
Desde la mirada transpersonal, recordar no es quedarse pegada al dolor. Es lo contrario: es devolverle nombre a lo que dolió para poder soltarlo. Los rituales de memoria —una marcha, un pañuelo, una muestra, un acto en la plaza— son formas que tiene el alma colectiva de hacer su duelo.
Hoy, cincuenta años después, las calles de La Plata y del país vuelven a llenarse de estudiantes. Y esa imagen dice algo enorme: que la memoria sigue viva, que los que ya no están siguen siendo nombrados, que una sociedad puede elegir no olvidar.
«Los lápices de aquellos pibes siguen escribiendo: en cada joven que pregunta, en cada adulto que no se calla, en cada historia que se vuelve a contar.»
Hay algo que me impresiona de la historia de esos estudiantes: tenían la edad de nuestros hijos y peleaban por cosas que parecían pequeñas. Y sin embargo, cincuenta años después, seguimos hablando de ellos. Eso es lo que no se puede enterrar: la conciencia despierta de una generación.
Hoy, cuando veas las noticias, las marchas, los homenajes, no los mires como algo lejano. Preguntate qué de todo esto te toca, qué te pide. La memoria, cuando se vuelve consciente, sana. Cuando se vuelve silencio, enferma.
Si sentís que hay dolores que te exceden —los tuyos o los que heredaste— necesitás un espacio donde puedan ser mirados y nombrados. Te espero en el consultorio.