Bajó la edad de punibilidad a los 14: el lado B que nadie está mirando

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Bajó la edad de punibilidad a los 14: el lado B que nadie está mirando

Hoy entró en vigencia en Argentina la nueva ley penal juvenil: la edad de punibilidad baja de los 16 a los 14 años. La discusión divide aguas y en los medios cada uno defiende su trinchera. Como terapeuta, no vengo a discutir de leyes. Vengo a mirar el lado B: ¿qué hay detrás de un pibe de 14 años que termina en un expediente penal?

El espejo incómodo

Un adolescente que delinque es, ante todo, un síntoma. Y los síntomas, en la mirada transpersonal, nunca aparecen de la nada: hablan de un sistema que se rompió. Cuando un pibe de 14 roba, vende o lastima, algo en su historia lo trajo hasta ahí. Y ese algo casi nunca aparece en la discusión pública.

Una sociedad que discute qué hacer con el pibe que delinque, pero no con la infancia que abandonó, está mirando el espejo sin querer verse.

Qué hay detrás de un pibe que delinque

No estoy romantizando ni justificando: estoy describiendo lo que veo hace más de quince años de trabajo. Detrás de la mayoría de los pibes en conflicto con la ley hay:

  • Familias rotas por la ausencia, la violencia o las adicciones.
  • Una infancia sin sostén afectivo: la herida de abandono cruda, sin procesar.
  • Un sistema nervioso criado en estado de alerta, donde la agresión es defensa.
  • El hambre de pertenencia: la esquina y la banda dan la identidad que la casa no pudo dar.

Un chico de 14 no nace malo. Se construye en un contexto. Y el contexto es responsabilidad de todos los adultos.

Lo que le pasa al cuerpo de un pibe criado en alerta

Hablemos del sistema nervioso. Un chico que creció entre gritos, portazos y ausencias no tiene el mismo cerebro que un chico que creció en calma. Su cuerpo aprendió que el mundo es peligroso, y vive en modo supervivencia: reacciona antes de pensar, porque pensar es un lujo que la amenaza no le permite.

No es falta de educación: es fisiología. Por eso el encierro sin tratamiento no lo cambia, solo lo adormece. Y por eso cada pibe que delinque nos está mostrando, a los gritos, una infancia que nadie sostuvo a tiempo.

Castigar no es lo mismo que sanar

El castigo, como único instrumento, tiene un problema: llega tarde. Para los 14 años, el daño ya está hecho. Bajar la edad de punibilidad puede dar una respuesta institucional, pero no responde la pregunta que en verdad importa: ¿qué le damos a un pibe para que no tenga que llegar a un juzgado?

La adolescencia es la etapa en la que el cerebro se poda y se reorganiza. Es la ventana más poderosa para reparar vínculos. Un pibe de 14 puede cambiar muchísimo más rápido que un adulto… si hay alguien que lo acompañe en serio.

La pregunta que la ley no responde

Ningún artículo de ninguna ley puede responder estas preguntas: ¿quién lo miró a los ojos a ese pibe? ¿Quién le enseñó a regular la bronca sin romper nada? ¿Quién le dijo que valía, más allá de lo que hiciera?

Porque el pibe que delinque no cree que valga. Y el que no cree que vale, no tiene nada que perder. Ese es el corazón del problema: la desesperanza.

Qué sí funciona

Desde la experiencia en terreno, lo que transforma a un adolescente no es la amenaza: es el vínculo. Un adulto que sostenga, un oficio que dignifique, un espacio terapéutico donde la bronca pueda decirse sin destruir. La salud mental adolescente no es un lujo: es la única política de seguridad que funciona a largo plazo.

Mientras el debate se queda en la edad, la infancia se sigue perdiendo. Y cada pibe que cae es un adulto que no llegó a tiempo.

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Si este tema te moviliza, o si hay un adolescente en tu vida que necesita ser escuchado, te invito a agendar una consulta.