La epidemia silenciosa: por qué los adolescentes se apagan y nadie lo ve
Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal · · Actualizado el 10/10/2026
Un dato que pasó de largo
Los números de la OMS aparecieron en las portadas y se esfumaron en menos de un día, como pasa con todo lo que incomoda: el suicidio es la tercera causa de muerte en jóvenes de 15 a 29 años. Tercera. No es un accidente de tránsito, no es una enfermedad infecciosa. Es una epidemia que no se contagia por el aire, sino por el silencio.
Y acá viene el lado B que nadie está contando: no estamos frente a un problema de «adolescentes problemáticos». Estamos frente a una generación que se está quedando sin un motivo para despertarse.
No es la pantalla, es el vacío
Cada vez que un chico se apaga, la conversación derrapa hacia el mismo lugar: el celular, las redes, los jueguitos. Como si apagar la pantalla apagara el problema. Pero después de más de 20 años de consultorio, te lo digo con todas las letras: la pantalla no es la causa, es el anestésico.
Un adolescente que pasa ocho horas scrolleando no está «perdiendo el tiempo»: está regulándose como puede. Está intentando dormir una angustia que no sabe nombrar. La pregunta incómoda no es cuánto tiempo pasa conectado, sino de qué se está desconectando.
La crisis iniciática que nadie acompaña
La mirada transpersonal tiene una lectura propia: la adolescencia es una crisis iniciática. En todas las culturas de la historia, el paso de niño a adulto fue acompañado con rituales, pruebas y comunidad. Hoy, en cambio, le entregamos un celular y le deseamos suerte.
- El pibe tiene que responder quién es, y nadie le enseña a escucharse.
- Tiene que encontrar sentido, y le ofrecemos likes.
- Tiene que integrar sus partes oscuras, y le decimos que se distraiga.
Resultado: jóvenes llenos de estímulos y vacíos de sentido. La ansiedad y la tristeza no son la enfermedad: son el síntoma de una necesidad espiritual no atendida.
Qué pide un adolescente (aunque no lo diga)
Ningún pibe te va a decir «me siento huérfano de sentido». Te va a decir «no tengo ganas de nada». Y ahí es donde los adultos fallamos, porque lo tomamos como vagancia cuando en realidad es una señal de auxilio.
Detrás de cada «no tengo ganas de nada» hay una pregunta que no se anima a hacerse en voz alta: ¿para qué estoy acá?
Lo que más necesita un adolescente que se apaga no es un sermón, ni un castigo, ni un diagnóstico apurado. Es presencia real. Alguien que se siente al lado, que no salga corriendo cuando aparezca el dolor, que soporte el silencio sin llenarlo de consejos.
Lo que podemos hacer (y no hacemos)
- Preguntar de verdad: no «¿cómo te fue en el cole?» sino «¿cómo estás durmiendo?», «¿qué es lo más pesado de tu día?».
- Compartir nuestra propia fragilidad: un adulto que cuenta sus tropiezos le da permiso al pibe para tener los suyos.
- Recuperar los rituales de paso: celebrar los cumpleaños con intención, marcar los cambios de etapa, devolverle a la vida adolescente su carácter sagrado.
- Pedir ayuda profesional sin vergüenza: la terapia no es para «chicos rotos», es para chicos que necesitan un espacio donde ser escuchados sin filtro.
El llamado que no podemos ignorar
Si sos padre, madre, docente, tía, abuelo o simplemente un adulto cerca de un adolescente, este dato te interpela. No te pide que seas perfecto. Te pide que estés. Que mires. Que cuando veas a un pibe apagarse, no mires para otro lado.
El vacío existencial de los jóvenes no se llena con contenido, se llena con conexión. Y la buena noticia es que la conexión no se compra: se practica. Un minuto de escucha genuina vale más que mil likes.
Si tenés un adolescente en tu vida que te preocupa, o si vos mismo estás en esa zona gris, no lo dejes pasar. En el consultorio trabajamos con jóvenes y familias desde una mirada que va más allá del síntoma. Escribime, el primer paso es una conversación.