Malvinas, Israel y el Reino Unido: el lado B de la pertenencia

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Malvinas, Israel y el Reino Unido: el lado B de la pertenencia

Malvinas, Israel y el Reino Unido: el lado B de la pertenencia

Esta semana pasó algo que ningún analista tenía en el guion: dos ministros israelíes —Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich— le pidieron públicamente al primer ministro Netanyahu que Israel reconozca a las Malvinas como territorio argentino ocupado por el Reino Unido y que le aplique sanciones a Londres. La noticia viajó por todos los portales del mundo. Pero como casi siempre, lo más importante no está en el titular: está en lo que la noticia toca por debajo.

El giro que nadie vio venir

El pedido llegó en plena escalada de tensión entre Israel y el Reino Unido, después de que se anunciara un «reinicio» de las relaciones británicas con Israel y un giro hacia posiciones más cercanas a la causa palestina. En ese contexto, Ben-Gvir escribió que «es hora de que el Estado de Israel reconozca públicamente que las Islas Malvinas son territorio argentino ocupado», y denunció además que Londres «realiza perforaciones petroleras» en la zona —una referencia directa al proyecto offshore Sea Lion, que avanza pese al rechazo de la Cancillería argentina.

El presidente Javier Milei compartió la publicación con entusiasmo. Y de golpe, una causa histórica argentina se coló en medio de un conflicto que no es nuestro. Malvinas volvió a estar en boca de todos, pero esta vez como pieza de un tablero ajeno.

Cuando la historia vuelve con otro disfraz

Para la comunidad judía argentina, esta noticia tiene un sabor particular. Durante décadas, los judíos argentinos cargaron con una pregunta que dolía: ¿son suficientemente argentinos? La acusación de «doble lealtad» fue una sombra constante —en las fuerzas armadas, en la calle, en la política—, y los soldados judíos que pelearon en Malvinas lo vivieron en carne propia: muchos volvieron de las islas con la herida doble de la guerra y del antisemitismo de sus propios superiores.

Hoy la ironía es enorme: la defensa del reclamo argentino llega desde Jerusalén. Los mismos que fueron señalados como «no del todo argentinos» ven ahora cómo dirigentes israelíes salen a defender la causa nacional argentina, mientras el Reino Unido —histórico aliado de Israel— se aleja. La historia, como siempre, es más retorcida que cualquier narrativa simple.

La herida de la doble pertenencia

Hay un patrón humano escondido en todo esto, y es el que más me interesa como terapeuta: la pertenencia cuestionada. Esa sensación de tener que demostrar, una y otra vez, que uno es «de acá». Que el amor por un lugar propio no alcanza si otros deciden que no alcanza.

La doble pertenencia no es un tema exclusivo de comunidades o de guerras. Se cuela en familias ensambladas («¿me quiere como a su hija?»), en hijos de inmigrantes, en mujeres que abandonaron su pueblo o su barrio, en cualquiera que alguna vez sintió que su lugar en un sistema estaba en duda. Es una herida silenciosa, porque se vive por dentro: no deja moretones, deja una pregunta —¿tengo derecho a estar acá?

Cuando una nación entera se pelea por un territorio, esa pregunta se vuelve gigante. Y cuando la pelea se mezcla con alianzas y rencores de otros países, la herida original queda tapada por el ruido. Malvinas deja de ser una historia de memoria y se convierte en una ficha de negociación.

Qué nos deja esta noticia, más allá de la política

No importa la posición de cada uno sobre el conflicto: lo que esta semana nos recuerda es que las heridas históricas no desaparecen cuando dejamos de hablar de ellas. Vuelven. A veces vuelven como homenajes, a veces como títulos de diarios, y a veces —como ahora— como moneda de cambio en un conflicto ajeno.

La pregunta terapéutica es siempre la misma: ¿qué hacemos con la herida mientras esperamos que la historia se acomode? Podemos dejarla en manos de los titulares, o podemos mirarla de frente y reconocerla. Porque una herida de pertenencia solo empieza a sanar cuando alguien —aunque sea una sola persona— dice: «tu lugar es tuyo, y nadie te lo tiene que confirmar».

«Pertenecer no es una decisión de los demás. Es un lugar interno que se defiende con memoria y se habita con identidad.»

Si esta historia te tocó —por tu familia, por tus raíces, por esa sensación de no terminar de pertenecer a ningún lado—, quizás sea un buen momento para mirarla de cerca. A veces la geopolítica no tiene nada que enseñarnos, pero la herida que despierta sí.

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