El lado B de la obesidad: el peso que dos de cada tres no se atreven a nombrar

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El lado B de la obesidad: el peso que dos de cada tres no se atreven a nombrar

El lado B de la obesidad: el peso que dos de cada tres no se atreven a nombrar

Hoy salió un dato que pasó casi desapercibido entre tanto titular: dos de cada tres personas con obesidad nunca fueron diagnosticadas. Dos de cada tres. Pensalo un segundo. No es que no tengan la condición: es que nadie —ni el sistema, ni la familia, ni a veces la propia persona— se atreve a ponerle nombre. Ese silencio es el lado B que hoy quiero mirar con vos.

Porque cuando un tema se esconde, no desaparece: se vuelve vergüenza. Y la vergüenza, te lo digo después de más de quince años acompañando personas, es una de las cargas más pesadas que un ser humano puede cargar. Mucho más pesada que cualquier balanza.

El peso que no se nombra

¿Por qué no se diagnostica algo que se ve a simple vista? Porque nombrar la obesidad obliga a nombrar otras cosas que duelen más: la relación con la comida, el vínculo con la madre y con el cuidado, la forma en que aprendimos a tragar las emociones. Diagnosticar es mirar de frente. Y mirar de frente da miedo.

En el consultorio lo veo todo el tiempo. Personas que llegan a hablar de su pareja, de su trabajo, de sus hijos, y recién en la tercera o cuarta sesión, bajando la voz, dicen: «y bueno, también está el tema de mi cuerpo». Como si su cuerpo fuera un secreto. Como si hubiera que pedir disculpas por ocupar espacio.

El cuerpo como archivo emocional

Desde la mirada transpersonal, el cuerpo es un archivo. Guarda lo que vivimos, lo que no pudimos procesar, lo que no supimos decir. La capa de grasa, muchas veces, es una protección: un colchón contra un mundo que se sintió amenazante, una armadura contra la mirada del otro, un refugio ante lo que no se podía sostener.

No estoy diciendo que la obesidad sea solo emocional ni que se cure con buenas intenciones. Es un fenómeno complejo, biológico, metabólico, social. Pero hay una dimensión que la dieta y la culpa no tocan: la del vínculo con nosotras mismas. Y esa dimensión es la que más se descuida.

La comida como consuelo, no como enemiga

Comemos por hambre, sí. Pero también comemos por tristeza, por soledad, por aburrimiento, por ansiedad, por celebración. La comida fue, para muchos, el primer consuelo disponible. El primer abrazo. El primer «esto va a estar bien». Castigarla es castigar al niño o a la niña que supimos ser.

El camino no es la guerra contra el cuerpo, es la reconciliación con él. Dejar de tratarlo como un enemigo a controlar y empezar a tratarlo como un territorio a habitar. Preguntarle qué necesita, en lugar de gritarle qué no debe ser.

Señales de que hay algo más que kilos en juego

  • Comés sin hambre: la comida aparece en los momentos de emoción fuerte, no de necesidad real.
  • Vivís a dieta o a culpa: pasás de la restricción al atracón en un ciclo que te agota.
  • Tu cuerpo es un tema tabú: no lo mirás, no lo tocás, no lo nombrás con cariño.
  • El peso define tu valor: sentís que «cuando baje» recién ahí vas a poder vivir, amar, mostrarte.

Si te reconociste, hay una puerta abierta. No es un problema de voluntad: es una historia que pide ser escuchada.

El lado B: del peso a la presencia

La balanza mide kilos. Tu relación con el espejo mide cuánto te habita la vergüenza.

Nombrar lo que te pasa es el primer acto de poder. Sacar el tema del silencio, mirarlo sin juicio, entender de dónde viene, es empezar a soltar una carga que arrastrás hace años. El cuerpo no es el enemigo: es el que más te acompañó, incluso cuando vos te dabas la espalda.

Para cerrar

Dos de cada tres personas viven con un peso que nadie nombra. Si sos una de ellas, hoy te lo digo sin vueltas: no estás rota, no sos débil, no es falta de voluntad. Es una historia que merece ser mirada con amor y sin culpa.

Si querés empezar a reconciliarte con tu cuerpo y con tu historia, te espero en el consultorio. Vamos a mirarlo juntos, despacio, con respeto: https://www.terapiasmarcela.com/consultorio