Argentina está en llamas. Pero esta vez no es una metáfora de crisis: es Mundial. Los videos de hinchas cantando, bailando, llorando y abrazándose con desconocidos llenan TikTok y emocionan al mundo. Messi lidera, la Scaloneta avanza, y por unas horas —o unos días— todo lo demás desaparece. La inflación, la grieta, el cansancio crónico, la angustia difusa del domingo a la noche. Todo tapado por un manto celeste y blanco de euforia pura.
Y está bien. Es hermoso. Es genuino. Pero acá viene el lado B, el que nadie te cuenta: ¿qué pasa cuando se termina?
Hay una diferencia sutil y filosa entre la alegría y la euforia. La alegría es un estado interno que puede sostenerse incluso en la calma. La euforia, en cambio, es un pico que necesita constantemente un estímulo externo para mantenerse. Es la diferencia entre estar contento y estar manija.
Y cuando la fuente del estímulo es externa —un partido, un gol, un resultado—, la pregunta inevitable es: ¿qué te queda cuando la fuente se apaga?
No estoy diciendo que no celebres. Faltaba más. Pero como terapeuta te pregunto: ¿cuánto de esa euforia es celebración genuina y cuánto es un escape?
La cultura contemporánea nos entrenó para buscar la felicidad afuera. Un like, una compra, un ascenso, un partido ganado. Somos adictos a los picos de dopamina y la euforia colectiva del fútbol es una de las fuentes más potentes y socialmente aceptadas que existen.
No tiene nada de malo disfrutarla. Lo peligroso es necesitarla.
En el consultorio lo veo todo el tiempo: personas que viven de pico en pico —el finde, las vacaciones, el mundial, el recital, la cita— y que cuando la música se apaga y la gente se va y las banderas se guardan, se enfrentan a un silencio ensordecedor.
Ese silencio es el verdadero partido. Y la mayoría no lo quiere jugar.
En la tradición católica, después del carnaval viene la Cuaresma: cuarenta días de recogimiento, silencio e introspección. Algo sabían los que inventaron ese calendario: después de la explosión de la fiesta, el alma necesita integrar.
Pero nosotros no tenemos ese ritual. Termina el Mundial y al otro día hay que volver al trabajo como si nada. Y ahí es donde la euforia no digerida se transforma en vacío, en tristeza, en esa sensación de que "ya no hay nada que esperar".
Los psiquiatras lo llaman síndrome post-mundial y no es broma: se reporta un aumento de consultas por depresión y ansiedad en las semanas posteriores a los grandes eventos deportivos. Porque cuando el afuera deja de gritar, el adentro empieza a pedir.
No necesitás un equipo de fútbol que te rescate. Necesitás construir un equipo interno que te sostenga cuando no hay nadie en la tribuna.
Ese equipo se entrena así:
Y sobre todo: la pelota no está afuera. Está adentro. El juego más importante de tu vida se juega en la cancha de tu mundo interno.
Ganar un Mundial no te salva de vos mismo. Y perderlo no te condena. Lo que hagas con vos cuando nadie te está mirando —eso sí es definitorio.
Mirá los partidos. Abrazá a desconocidos. Llorá de emoción. Ponete la camiseta y cantá hasta quedarte sin voz. El fútbol es un regalo hermoso de lo colectivo y merece ser vivido a pleno.
Pero cuando termine, acordate de volver a vos. A tu silencio. A lo que hay debajo de la euforia. Porque ahí, justo ahí, está la verdadera final.
Sandra Marcela Almazán — Terapeuta Transpersonal