150 femicidios en 2026: Lo que las estadísticas no te están contando

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150 femicidios en 2026: Lo que las estadísticas no te están contando

150 femicidios en 2026: Lo que las estadísticas no te están contando

150 mujeres asesinadas en lo que va del año. El número golpea, indigna, paraliza. Las redes estallan, los noticieros enumeran, los comunicados se acumulan. Y sin embargo, la rueda sigue girando como si nada. ¿Qué está pasando a nivel profundo para que esta cifra no logre despertarnos del todo?

Hace más de quince años que acompaño procesos terapéuticos y hay algo que aprendí en este camino: cuando un síntoma se vuelve crónico en una sociedad, no alcanza con denunciarlo. Hay que leerlo. Hay que preguntarse de qué nos está hablando.

Más allá del horror: el espejo que no queremos mirar

Cuando vemos la cifra de femicidios —150 en apenas siete meses— la reacción más humana es el espanto. Pero quedarnos ahí nos deja impotentes. La mirada transpersonal nos invita a dar un paso más: preguntarnos qué dice esta violencia sobre nuestra psique colectiva.

No se trata de justificar nada. Se trata de comprender para transformar. Porque lo que no se elabora, se repite.

En cada femicidio hay un patrón que excede al agresor individual: hay una desconexión profunda con lo femenino sagrado. No hablo de una energía exclusiva de las mujeres —hablo de un principio que todos y todas llevamos dentro: la capacidad de sostener, de nutrir, de crear sin poseer, de cuidar sin dominar.

Cuando esa energía está herida en el tejido social, aparece la violencia como síntoma.

El trauma transgeneracional que no se nombra

Argentina arrastra heridas colectivas que no se procesaron del todo. Dictaduras, desapariciones, violencias estructurales que se transmiten de generación en generación sin que nadie las nombre en la mesa familiar.

Lo que no se dice, se actúa. Lo que no se llora, se repite en otro cuerpo. Y los cuerpos de las mujeres terminan siendo el territorio donde se descarga una furia que viene de lejos, de antes, de historias que ni siquiera son propias.

En consultorio lo veo todo el tiempo: pacientes que cargan con dolores que no les pertenecen. Enojos que no entienden. Miedos heredados. La violencia de género también tiene raíces transgeneracionales que necesitamos mirar de frente.

El inconsciente colectivo y la sombra masculina

Jung hablaba de la sombra: aquello que no reconocemos en nosotros mismos y proyectamos en el otro. A nivel colectivo, la violencia femicida es la expresión más brutal de una sombra que no se integra.

Durante siglos, lo masculino se construyó sobre la negación de lo vulnerable, lo sensible, lo receptivo. Se educó a los varones para no sentir, para no llorar, para no pedir ayuda. Eso no produce fortaleza —produce una bomba de tiempo emocional que, sin herramientas, explota contra lo que representa todo lo que se les prohibió: la mujer.

Y acá viene el lado B que no escuchás en ningún lado: sanar la violencia de género también implica sanar a los varones. No para justificarlos, sino para cortar la cadena. Porque una sociedad que abandona emocionalmente a sus varones está criando futuros agresores.

¿Qué podemos hacer desde lo individual?

Esperar que la solución venga de arriba —leyes, políticas, condenas— es necesario pero insuficiente. La transformación empieza en cada uno:

  • Revisá tus propios vínculos. ¿Hay posesión, control, manipulación en tus relaciones? ¿Lo naturalizaste?
  • Hablalo. En la familia, con amigos, con hijos e hijas. Nombrar la violencia es empezar a desarmarla.
  • Buscá ayuda. Si sentís que repetís patrones de violencia —como víctima o como victimario— la terapia es un espacio de transformación real.
  • Integrá tu sombra. Reconocé qué partes rechazadas de vos proyectás en los demás. Ahí se corta la cadena.

Una cosa más: si sos varón y estás leyendo esto, no te vayas. Quedate. Este no es un texto contra los hombres —es un texto a favor de la vida. Y tu sanación también es parte de la solución.

Una cifra que nos interpela como humanidad

150 femicidios no son solo 150 crímenes. Son 150 veces en las que, como sociedad, no llegamos a tiempo. Pero también pueden ser 150 razones para despertar.

La mirada transpersonal no propone ignorar la realidad con espiritualidad vacía. Propone leer la realidad desde una conciencia más amplia, que incluya lo invisible, lo heredado, lo que arde por debajo de las estadísticas.

Quizás este sea el momento de dejar de contar muertas y empezar a preguntarnos qué está muerto en nosotros. Y resucitarlo.

Si este texto te movilizó, si sentís que hay algo en tu historia que necesita ser mirado con amor pero también con verdad, podés pedir una sesión conmigo. Estoy para acompañarte.

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