Esta semana el país se partió otra vez. El debate por la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada —con el capítulo de tierras a extranjeros como protagonista— despertó una reacción visceral. «La Argentina no está en venta», se leyó en pancartas, remeras y estados de WhatsApp. Como terapeuta, no puedo evitar preguntarme: ¿qué hay debajo de ese grito?
No voy a hablar de política. No es mi lugar ni me interesa. Lo que sí me interesa —y mucho— es leer el síntoma. Porque cuando un país entero reacciona con las vísceras ante la posibilidad de soltar la tierra, hay algo del orden de lo sagrado que se está tocando.
Desde la psicología transpersonal, la tierra representa simbólicamente a la madre primordial. Es lo que nos sostiene, lo que nos nutre, lo que nos da identidad y pertenencia. No es casualidad que la expresión más común para referirnos a nuestro lugar de origen sea «la tierra que me vio nacer».
Cuando sentimos que nos quitan la tierra, el inconsciente colectivo lo registra como una amenaza de desarraigo absoluto. Es un miedo arcaico, preverbal, que viene de muy atrás. De migraciones forzadas, de conquistas, de exilios.
Los argentinos llevamos en la memoria celular varias capas de desarraigo: los pueblos originarios desplazados, los inmigrantes que dejaron todo, los exiliados de la dictadura. El miedo a quedarse sin tierra está inscripto en nuestro ADN emocional.
Detrás del debate político hay una pregunta existencial que pocos se animan a formular: ¿quién soy sin mi territorio? ¿Qué me define cuando lo externo cambia de dueño?
En consultorio veo pacientes que atraviesan crisis de identidad profundas. Mudanzas, migraciones, pérdidas materiales. El patrón es siempre el mismo: el vacío que deja lo conocido obliga a reconstruirse desde adentro. Y eso, al principio, aterra.
La tierra —el barrio, la plaza, el paisaje que conocemos— funciona como un ancla psíquica. Nos da continuidad. Nos recuerda quiénes somos. Cuando esa ancla se tambalea, emerge una angustia que no es solo económica ni política: es existencial.
Hay otra lectura posible, más incómoda pero necesaria. La idea de que la tierra «es nuestra» es en sí misma una construcción cultural. Los pueblos originarios no concebían la propiedad privada del suelo. La tierra era de todos y de nadie, o mejor dicho, era la madre que nos cuida a todos por igual.
La mentalidad de posesión —»esto es mío, no te lo doy»— habla más de nuestra inseguridad que de nuestra fortaleza. El que verdaderamente está arraigado no necesita demostrarlo. El árbol de raíces profundas no grita que la tierra le pertenece; simplemente crece.
Quizás lo que más miedo nos da no es que vengan de afuera a comprar. Quizás lo que más miedo nos da es darnos cuenta de que no sabemos bien quiénes somos sin eso que creemos poseer.
Si el debate de estos días te está angustiando, más allá de tu posición política, hay un trabajo interno que vale la pena hacer:
La tierra es sagrada. Eso no está en discusión. Pero también es cierto que la Argentina que verdaderamente no está en venta es la que construimos adentro: la que tejemos con vínculos, con valores, con sentido de comunidad.
Esa tierra interior no tiene precio y no depende de ninguna ley. Y quizás, cuando la cultivemos lo suficiente, el miedo a perder lo de afuera empiece a aflojar. Porque vas a saber —de verdad— que lo esencial no está en venta.
Si este texto resonó con algo tuyo, si sentís que necesitás trabajar tu arraigo, tu identidad o esos miedos que no terminás de entender, podés pedir tu consulta acá: