Se confirmó: el Papa León XIV visitará Argentina en noviembre. Los titulares hablan de reconciliación, de bálsamo, de una figura que viene a unir lo que está roto. Y está bien: la visita de un líder espiritual de esta magnitud puede ser un evento significativo. Pero como terapeuta transpersonal, me quedo pensando en otra cosa: ¿por qué necesitamos que venga alguien de afuera a hacer lo que no estamos haciendo nosotros?
Te invito a algo incómodo: esta pregunta no es sobre el Papa. Es sobre nosotros.
Desde la psicología transpersonal, existe un mecanismo que llamamos proyección espiritual. Consiste en depositar en una figura externa —un gurú, un líder, un maestro— la capacidad de transformación que en realidad nos pertenece a nosotros.
Funciona más o menos así: «Yo no puedo reconciliarme con mi hermano, pero si viene el Papa, quizás algo se mueva.» «Yo no sé cómo sanar esta grieta, pero si alguien iluminado lo señala, tal vez cambie algo.»
¿Te suena? Es humano. Todos lo hacemos en algún grado. El problema es cuando nos quedamos esperando.
Si hay algo que nos caracteriza como país es la esperanza puesta en figuras salvadoras. Viene un líder político y pensamos «esta vez sí». Viene un Papa argentino —como pasó con Francisco— y sentimos que el mundo nos mira distinto. Viene una figura internacional y esperamos que con su sola presencia algo se ordene.
No es casualidad. Como sociedad, arrastramos una herida de abandono que nos predispone a buscar papás simbólicos que nos contengan. Es una dinámica que se repite en lo individual y en lo colectivo: el que no aprendió a sostenerse solo, siempre está esperando que alguien lo sostenga.
Y ojo: no estoy diciendo que los liderazgos espirituales no tengan valor. Los tienen, y mucho. Pero el problema empieza cuando delegamos nuestra soberanía interior.
Los medios dicen que el Papa viene a traer reconciliación. Hermoso. Pero, ¿cuándo fue la última vez que vos te reconciliaste con alguien?
La reconciliación no es un evento. Es una práctica. Empieza en lo chiquito: pedir disculpas, soltar un rencor, escuchar de verdad al que piensa distinto. Si no estamos haciendo ese trabajo en nuestra vida cotidiana, podemos recibir a todos los papas del mundo que el efecto va a durar lo que dura la visita.
En terapia, el momento más transformador no es cuando el paciente tiene una revelación mística. Es cuando se anima a llamar a su viejo después de años de silencio. O cuando llora lo que no lloró de chico. Ahí está la verdadera reconciliación: en lo íntimo, lo concreto, lo diario.
La mirada transpersonal no niega la importancia de maestros y guías. Pero señala algo fundamental: el verdadero maestro está adentro. Las figuras externas pueden despertarlo, inspirarlo, señalarlo. Pero no pueden reemplazarlo.
¿Qué pasaría si en vez de esperar a noviembre para que alguien nos reconcilie, empezamos hoy? ¿Qué pasaría si cada mañana nos preguntamos, antes de salir al mundo: qué grieta puedo cerrar yo?
Esa soberanía espiritual no se delega. No se compra. No depende de que venga nadie. Es tuya, ya la tenés. Solamente necesitás recordarlo.
Que la visita del Papa León XIV sea un disparador hermoso. Que inspire, que movilice, que abra puertas. Pero no esperemos que haga el trabajo por nosotros. Porque la reconciliación que de verdad transforma un país no empieza en un escenario multitudinario: empieza en el living de tu casa.
Si este texto te hizo ruido —de los buenos— y querés acompañamiento terapéutico para empezar a construir tu propia soberanía interior, podés pedir tu consulta acá: