Esta semana explotó de nuevo. Wanda Nara publicó fotos en bikini. Las redes se incendiaron. Que si está operada, que si las fotos tienen Photoshop, que si es un mal ejemplo, que si los trolls pagos le editaron el cuerpo para hacerla quedar mal. Ella respondió. Los medios amplificaron. Y mientras tanto, millones de personas mirando, juzgando, opinando sobre un cuerpo que no es el suyo. La pregunta que casi nadie se hace, y que a mí me interpela como terapeuta, es otra: ¿qué dice de nosotros esta necesidad voraz de opinar sobre cuerpos ajenos?
En psicología transpersonal trabajamos mucho con el concepto de proyección. Básicamente, es ese mecanismo por el cual todo aquello que no podemos ver en nosotros mismos —lo que nos da vergüenza, lo que nos da miedo, lo que deseamos en secreto— lo «ponemos» afuera, en otra persona. Y después lo atacamos. O lo adoramos. Pero nunca lo reconocemos como propio.
El cuerpo de Wanda Nara funciona como una pantalla gigante donde cada persona proyecta su propia historia. La que la insulta por «operada» probablemente está en guerra con su propio cuerpo hace años. La que la acusa de «vender una imagen falsa» quizás no se anima a mostrarse como es por miedo al rechazo. La que dice «qué mal ejemplo para las adolescentes» tal vez no sabe cómo hablarle a su hija sobre la imagen corporal sin transmitirle sus propias inseguridades.
No es sobre Wanda. Es sobre nosotros. Y mientras no entendamos esto, vamos a seguir en loop: escándalo, indignación, olvido, próximo escándalo.
Hay algo todavía más sutil acá. La obsesión por develar si un cuerpo es «real» o «trucho». Como si existiera tal cosa. ¿Qué es un cuerpo real? ¿El que no pasó por el quirófano? ¿El que no usó filtros? ¿El que tiene celulitis y estrías? ¿O también es real el cuerpo intervenido, el cuerpo editado, el cuerpo que su dueña eligió mostrar de determinada manera?
La trampa está en creer que hay una verdad objetiva del cuerpo y que tenemos derecho a exigirla. Como si el cuerpo de una figura pública nos debiera autenticidad. Como si tuviéramos que auditar la corporalidad ajena para sentirnos tranquilos con la propia.
En el consultorio veo esto todo el tiempo: mujeres —y cada vez más varones también— que viven en una guerra silenciosa contra su imagen. Que se levantan y lo primero que hacen es pellizcarse la panza. Que no se sacan fotos hace años. Que evitan el espejo. Y muchas de esas personas son las mismas que después entran a Instagram a destrozar el cuerpo de una famosa. ¿Te das cuenta del absurdo?
No hay manera de estar en paz con los cuerpos de los demás si no estás en paz con el tuyo. No hay manera de mirar con compasión el cuerpo intervenido de otra persona si vos te castigás cada vez que comés algo «prohibido».
La próxima vez que te descubras opinando —mentalmente o en voz alta— sobre cómo se ve alguien, hacete estas preguntas: ¿qué me está mostrando esa crítica sobre mi relación con mi propio cuerpo? ¿De dónde viene esa voz que juzga? ¿Es mía o la heredé?
Porque la mayoría de las críticas que dirigimos hacia afuera no son más que ecos de lo que nos dijeron a nosotros alguna vez. La tía que te pellizcó el cachete y dijo «estás más gordita». El compañero del colegio que te puso un apodo horrible. La publicidad que te dijo que para ser feliz tenías que medir 1,75 y pesar 55 kilos.
Vivimos en una cultura que nos educa para evaluar cuerpos como quien evalúa mercadería. Que nos entrena en la crítica feroz y nos desentrena en la mirada compasiva. Pero hay otra manera. Y empieza por lo más difícil de todo: mirarte al espejo sin juicio.
No te hablo de autoestima vacía ni de frases motivacionales berretas. Te hablo de reconciliarte con el cuerpo que tenés, no con el que te gustaría tener. De entender que ese cuerpo te sostuvo en cada momento difícil, que te permitió estar acá, leyendo esto, respirando. De agradecerle en lugar de castigarlo.
Cuando vos hacés ese trabajo —cuando dejás de hacerte la guerra a vos mismo—, algo mágico pasa: dejás de necesitar hacerle la guerra a los demás. La crítica se desinfla. La comparación pierde sentido. Y podés ver una foto de Wanda Nara en bikini y no sentir absolutamente nada. Ni envidia, ni bronca, ni superioridad moral. Solo un cuerpo que no es el tuyo, viviendo su propia historia, tomando sus propias decisiones.
El cuerpo ajeno no te debe nada. Y el tuyo tampoco. La paz empieza cuando soltás el control sobre lo que no te pertenece.
Si sentís que este tema te toca —y estoy segura de que a casi todos nos toca—, reservá una sesión conmigo. Acompaño procesos de reconciliación corporal desde una mirada transpersonal hace más de quince años. No es magia, pero se parece.