150 femicidios y la herida que nadie quiere mirar: el lado B espiritual de la violencia de género

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150 femicidios y la herida que nadie quiere mirar: el lado B espiritual de la violencia de género

150 femicidios y seguimos mirando para otro lado: lo que nadie dice sobre la herida que cargamos como sociedad

Los números duelen y anestesian al mismo tiempo. Ciento cincuenta femicidios en lo que va del año. Ciento cincuenta vidas arrancadas. Ciento cincuenta veces que alguien decidió que un cuerpo de mujer le pertenecía, incluso para destruirlo. Y la respuesta colectiva es siempre la misma: indignación de veinticuatro horas, un hashtag, una marcha, y a otra cosa. Hasta el próximo femicidio, que no va a tardar.

Lo sé. Este no es el artículo que esperás. No voy a hablarte de estadísticas, ni de la falla del sistema judicial, ni de la necesidad de más políticas públicas —que sin duda son urgentes. Pero después de quince años acompañando procesos terapéuticos, aprendí que cuando un síntoma es tan repetido, tan masivo y tan resistente a todos los intentos de abordaje, hay que hacerse una pregunta distinta. Una que incomoda. Una que casi nadie quiere formular.

No es un problema de «algunos hombres». Es el síntoma de una cultura que perdió el alma.

El femicidio no es un hecho aislado, ni siquiera es un problema exclusivo de quien lo comete. Es la punta más visible y brutal de algo mucho más profundo: un modo de relacionarnos con lo femenino que viene enfermo desde hace siglos. Y cuando digo «lo femenino» no hablo solo de mujeres. Hablo de un principio arquetípico que habita en todos los seres humanos —varones incluidos— y que nuestra cultura patriarcal se encargó sistemáticamente de reprimir, negar, degradar.

Lo femenino es lo receptivo, lo cíclico, lo intuitivo, lo vulnerable, lo que no se controla. Lo masculino sano es el impulso, la dirección, la protección. Pero cuando lo masculino se desacopla de lo femenino, se convierte en dominio, imposición, violencia. Y eso, justamente eso, es lo que estamos viendo multiplicarse.

Lo que mata no es la furia. Es la desconexión.

En el consultorio veo hombres —muchos— que no saben qué hacer con su tristeza, con su miedo, con su ternura. Hombres que fueron educados para no llorar, para no pedir ayuda, para no mostrarse frágiles. Hombres a los que se les dijo que sentir «es cosa de minas». ¿El resultado? Una desconexión brutal de su propio mundo emocional. Y cuando no podés conectar con lo que sentís, cuando tu universo afectivo es un agujero negro que jamás exploraste, ¿cómo pretendés conectar con lo que siente otra persona?

La violencia femicida no es un estallido de ira. Es el colapso de un mundo interno que nunca fue habitado. Es la imposibilidad absoluta de tramitar el rechazo, el abandono, la frustración, porque no hay herramientas, porque no hay registro, porque nadie te enseñó que llorar también es de varones.

Sanar lo femenino también es tarea de los varones

Acá está el verdadero lado B. No alcanza con proteger a las mujeres. No alcanza con tobilleras, ni con restricciones de acercamiento, ni con penas más duras. Todo eso es necesario, pero es curar la herida sin tratar la infección. El trabajo profundo es ayudar a que los varones recuperen su propio femenino interior: su capacidad de sentir sin actuar, de conectar sin poseer, de estar presentes sin controlar.

En la mirada transpersonal, cada femicidio es también la expresión de una sociedad que asesina simbólicamente lo femenino todos los días: cuando ridiculiza a un nene que llora, cuando paga más a un varón por el mismo trabajo, cuando reduce a una mujer a su apariencia, cuando celebra líderes prepotentes y desprecia líderes empáticos.

No hace falta ser violento para sostener la violencia

Y acá quiero ser clara. Sostener este sistema no requiere pegar. Alcanza con callar cuando otro hace un chiste misógino. Alcanza con justificar: «pero algo habrá hecho». Alcanza con mirar para otro lado cuando un amigo controla el celular de su novia. Alcanza con criar hijos varones diciéndoles que ellos no lloran.

El femicidio es un acto individual, sí. Pero se gesta en un caldo de cultivo colectivo. Y ese caldo lo cocinamos entre todos, todos los días, con cada microviolencia que naturalizamos.

El camino es hacia adentro. Siempre.

La próxima vez que leas la noticia de un femicidio, antes de compartirla con indignación, hacete estas preguntas: ¿cómo está mi relación con lo femenino? ¿Me permito sentir, recibir, soltar el control? ¿Qué le estoy enseñando a mis hijos sobre la vulnerabilidad? ¿En qué momento dejé de escuchar mi intuición?

No te pido que te sientas culpable. Te pido que te sientas responsable. Porque la culpa paraliza y la responsabilidad moviliza. Y créeme: esto no se arregla solo con leyes. Se arregla con cada varón que decide hacer terapia. Con cada madre que deja de decir «los varones no lloran». Con cada persona que decide mirar lo que no funciona adentro antes de señalar lo que no funciona afuera.

Si algo aprendí como terapeuta es que la violencia no se erradica combatiéndola: se disuelve cuando ya no encuentra terreno fértil donde crecer. Y ese terreno somos nosotros.

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