Diez alpinistas muertos en el Broad Peak. Diez. Entre ellos Nirmal Purja, el legendario montañista nepalí que había conquistado los catorce ochomiles en tiempo récord. Una avalancha los sepultó el 30 de julio. El mundo del montañismo está de luto. Las redes se llenaron de homenajes, de fotos épicas, de frases como «murieron haciendo lo que amaban». Y yo, como terapeuta, no puedo evitar hacerme una pregunta que suena casi profana, casi inoportuna, pero que me parece la única pregunta honesta que podemos hacer desde el silencio del consultorio: ¿qué estamos buscando realmente cuando ponemos la vida en riesgo extremo?
Porque no es una pregunta retórica. Es una pregunta que me hago cada vez que un paciente me dice que se siente vacío, que nada lo llena, que la vida cotidiana le resulta insoportablemente chata. Y veo en el alpinismo extremo una de las metáforas más potentes de nuestro tiempo.
Viktor Frankl, sobreviviente de los campos de concentración y fundador de la logoterapia, decía que la necesidad más profunda del ser humano no es el placer ni el poder, sino el sentido. La voluntad de sentido. Cuando una persona no encuentra un «para qué» que la sostenga, aparece el vacío existencial. Y ese vacío duele. Duele tanto que hacemos cualquier cosa para llenarlo: comprar, consumir, trabajar hasta enfermarnos, meternos sustancias, acumular relaciones vacías… o desafiar a la muerte en la montaña más hostil del planeta.
No estoy diciendo que el montañismo sea una patología. Todo lo contrario. Lo que estoy diciendo es mucho más sutil, y te pido que me leas con atención: la pulsión de autotrascendencia —esa necesidad de ir más allá de uno mismo, de tocarse con algo más grande— es una de las fuerzas más genuinas del alma humana. Pero cuando no encuentra cauces sanos, cuando la vida cotidiana no ofrece espacios de trascendencia, esa pulsión puede volverse autodestructiva.
Vivimos en un mundo que nos adormece. Pantallas, notificaciones, reuniones, trámites, cuotas, horarios. Todo está diseñado para que no sintamos. Para que no pensemos. Para que no nos preguntemos cosas incómodas como «¿esto es todo?» o «¿para qué vivo?».
Y de golpe aparecen estos pibes —Purja, los sherpas, los alpinistas de elite— que hacen algo que nos resulta absolutamente incomprensible desde la lógica del confort: arriesgan la vida por estar en la cima de una montaña donde no hay wifi, no hay delivery, no hay like que valga. Y algo en nosotros, muy adentro, les cree. Algo en nosotros entiende, aunque no pueda explicarlo, que lo que ellos buscan es real.
El problema no es que quieran tocar el cielo. El problema es que el cielo está tan lejos de nuestra vida diaria que para rozarlo hace falta irse al borde la muerte.
Acá está el verdadero lado B de esta tragedia. La pregunta que deberíamos hacernos como sociedad no es «¿por qué se arriesgan tanto?» sino «¿cómo hacemos para que la trascendencia vuelva a estar disponible en la vida cotidiana?».
Porque se puede. Se puede experimentar lo sublime sin jugarse la vida. Se puede tocar el misterio sin desafiar una avalancha. Pero para eso necesitamos recuperar prácticas que nuestra cultura abandonó: el silencio, la contemplación, la conexión con la naturaleza en su escala más modesta, el trabajo interior profundo, la terapia como espacio sagrado, las experiencias de expansión de conciencia en contextos seguros y acompañados.
La espiritualidad no es una creencia. Es una experiencia directa. Y la podés tener caminando por una plaza, meditando en tu habitación, mirando a los ojos a alguien que amás sin apuro, o en una sesión de terapia transpersonal donde te permitís ir más adentro de lo que jamás fuiste.
Cada uno de esos diez alpinistas —Purja y sus compañeros— eligió un camino. No me corresponde juzgar si fue el correcto o no. Pero sí me parece que la mejor manera de honrar su memoria no es romantizar la muerte en la montaña, sino tomarnos en serio aquello que su búsqueda nos revela sobre nuestra propia hambre de sentido.
Ellos fueron hasta el límite para sentir algo que muchos de nosotros no sentimos ni en el mejor restaurante de Puerto Madero. Y eso, más que la avalancha, es lo que tendría que sacudirnos.
¿Qué estás buscando vos? ¿Adónde estás yendo para llenar un vacío que por ahí se llena más cerca de lo que creés? ¿Cuándo fue la última vez que sentiste asombro, verdadero asombro, sin que mediara una pantalla?
No necesitás un ochomil para encontrarte con vos mismo. A veces alcanza con cerrar los ojos y animarte a mirar para adentro. Si sentís que ese viaje interior te está haciendo falta pero no sabés por dónde empezar, reservá tu sesión conmigo. El paisaje que vas a encontrar no tiene avalanchas, pero te aseguro que es igual de imponente.