Mañana se conoce el veredicto de la causa Sueños Compartidos. Los canales van a hacer especiales, las redes se van a llenar de opiniones y millones de personas van a estar pegadas a la pantalla esperando una sola palabra: culpables o inocentes. Y mientras tanto, hay algo que casi nadie está mirando: qué nos pasa por dentro mientras esperamos justicia.
De eso hablamos hoy. No del expediente ni de las pruebas: del lado B de una sociedad que lleva años esperando un cierre.
Esperar un veredicto es un estado emocional en sí mismo. Bronca, ansiedad, decepción anticipada y esa sensación rara de que «pase lo que pase, no va a alcanzar». Y tiene sentido: lo que está en juego no es solo el destino de los acusados. Es la confianza en que las cosas, alguna vez, se ordenan.
Cuando una sociedad siente que la justicia no llega, o llega tarde, o llega para algunos sí y para otros no, algo se rompe adentro de cada persona. Se rompe la idea de que el mundo es un lugar donde portarse bien sirve de algo. Y eso duele, aunque no le pongamos nombre.
La justicia que esperamos afuera también nos habla de la justicia que no nos hacemos adentro.
Acá viene la parte incómoda: un veredicto puede determinar culpabilidades, pero no puede devolver lo que se perdió. Ni las casas, ni los años, ni la confianza. Por eso tantas personas sienten, después de los grandes juicios, una rara insatisfacción: «¿y ahora qué?».
No es cinismo: es duelo. Un duelo colectivo que no se resuelve solo con una sentencia, porque la herida no es jurídica, es simbólica. Lo que se rompió fue la imagen de un país, de una clase política, de la propia esperanza. Y eso se llora, no se firma.
Desde la psicología transpersonal, la necesidad de justicia es también una necesidad espiritual: queremos que el mundo tenga orden, que el bien y el mal se distingan, que lo roto se repare. Es una aspiración sagrada. El problema aparece cuando la depositamos entera en un fallo, un juez o un político, y nos quedamos esperando afuera lo que solo podemos construir adentro.
La justicia social es necesaria e irrenunciable: hay que exigirla, siempre. Pero la paz interior no puede quedar rehén de ninguna sentencia. Se construye con lo que vos sí podés ordenar: tus vínculos, tus límites, tu coherencia.
Mañana va a haber un veredicto. Algunos van a celebrar, otros van a indignarse. Y pasado mañana la vida sigue, con las mismas preguntas de fondo: ¿quién soy cuando nadie me castiga? ¿qué hago con el poder que tengo, por chico que sea? ¿qué reparo yo, hoy, en mi propia historia?
Ese es el verdadero lado B: mientras el país espera justicia, tu alma también. Y a esa justicia interior no la dicta ningún tribunal: la dictás vos.
Si esta espera te está moviendo cosas por dentro y necesitás ponerlas en palabras, podés reservar tu espacio en el consultorio.