El desembarco de Berisso: una constelación a cielo abierto

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El desembarco de Berisso: una constelación a cielo abierto

Somos una arquitectura levantada sobre territorios: los que habitamos, los que habitaron nuestros ancestros y la tierra original desde donde viene viajando nuestra memoria.

El domingo 13 de septiembre, en Berisso, miles de personas vieron bajar de un barco a hombres y mujeres con trajes de época, valijas de cartón, pañuelos atados a la cabeza y banderas de países que ya no son los suyos. Se llama Desembarco Simbólico y se hace todos los años, en el marco de la Fiesta Provincial del Inmigrante —este año, la número 49—, en la ciudad que llamamos Capital Provincial del Inmigrante.

Y no es casual la fecha: en Argentina el Día del Inmigrante se celebra el 4 de septiembre, desde 1949, en recuerdo de un decreto del Primer Triunvirato de 1812 que ofrecía protección a los individuos de todas las naciones que quisieran establecerse en el país. Por eso Berisso despliega la fiesta durante todo septiembre: el mes entero está dedicado a los que llegaron en barco.

Es una representación. Pero cuando lo vi, se me hizo un nudo en la garganta que todavía tengo. Se me caían las lágrimas.

Porque en ese muelle estaba mi propia historia. Mi bisabuelo vino en barco desde Génova, lleno de ilusiones, con lo puesto y con todo por delante. Creo que llegó a la provincia de Santa Fe —después la familia se instaló ahí—, aunque ese dato nunca me quedó del todo claro: en mi casa se sabía de dónde venía, pero no siempre por dónde había entrado.

Y ahí aprendí algo: lo que no se sabe también pertenece. La memoria de una familia no está hecha solo de lo que se cuenta; también está hecha de los huecos. Los huecos son parte del relato. Y a veces son los que más pesan.

Un puerto no es un lugar: es un umbral

Para la mirada de las constelaciones territoriales, el territorio no es un suelo neutro: es un cuerpo vivo, con memoria, con voz y con un guardián que lo custodia. Y un puerto es el umbral de ese cuerpo: el lugar exacto donde alguien deja de estar afuera y empieza a estar adentro.

Del otro lado del río quedaba la patria madre, la casa, el idioma, los muertos. De este lado, no había nada todavía: ni casa, ni amigos, ni una palabra conocida. Solo la promesa de un trabajo y la fuerza de seguir.

Migrar es un acto de pérdida y de búsqueda al mismo tiempo. Por eso cuando el barco amarra y la persona baja, el territorio hace algo enorme: le da un lugar. Y en ese gesto dice una frase que los inmigrantes escucharon durante generaciones, a veces con palabras y a veces sin ellas: «Acá también pertenecés.»

Honrar el destino: el equipaje que no se ve

En el trabajo sistémico, honrar a los ancestros no es solo recordar sus nombres ni colgar su foto. Es reconocer el costo de sus decisiones. Los trajes, las banderas y la caminata al bajar del barco representan justamente eso: el equipaje invisible que traían.

La guerra que dejaron atrás. El hambre. La familia que no volvieron a ver. La casa que quizás todavía seguía en pie, allá, esperándolos. Y una esperanza enorme, desmedida, que era lo único que los sostenía.

Cuando el desembarco se escenifica sobre el mismo suelo donde ocurrió el desembarco real, la comunidad le da un asiento corporal y colectivo a ese destino. No se niega el dolor: se lo abraza. Y eso, en el lenguaje de los sistemas, es ordenar.

La reparación de los invisibles

Muchos de esos inmigrantes llegaron a Berisso a trabajar en los frigoríficos. El primero se instaló en 1911 —se llamaba La Plata Cold Storage—, en 1915 llegó el Armour y en 1916 el primero pasó a llamarse Swift. Desde entonces, esas tierras se fueron poblando de trabajadores, en su mayoría inmigrantes, con sus familias. Trabajaron en condiciones durísimas: frío, jornadas interminables, manos rotas. Fueron ellos los que construyeron la identidad obrera y pluriétnica de esa región: italianos, españoles, polacos, ucranianos, búlgaros, croatas, griegos, lituanos, tantos otros. Cada uno con su comida, su música, su santo, su manera de llorar.

El territorio guarda esas ausencias. Y la recreación del desembarco actúa como un acto de reparación sistémica: saca a esos cuerpos del olvido y les da el lugar de fundadores. Los descendientes, al vestirse como sus abuelos o bisabuelos, prestan su propio cuerpo para que el ancestro sea visto y reconocido en el presente.

Eso no es una fiesta: es un ordenamiento. Es devolverle a cada uno su lugar en el relato.

El cruce de memorias

El territorio bonaerense es un entramado de capas migratorias: cada colectividad dejó su marca, su club, su capilla, su pan, su palabra. Cuando el desembarco se pone en escena, la geografía deja de ser un espacio abstracto y se convierte en un mapa de afectos.

Ahí se sella algo: un pacto entre la tierra que cobija y la sangre que llegó para poblarla. La tierra da, la comunidad honra. Ese intercambio —dar y tomar en equilibrio— es una de las leyes que sostienen cualquier sistema, sea un país, una familia o una casa.

Por qué digo que son constelaciones a cielo abierto

Porque hacen exactamente lo que hacemos en una sesión: ponen en escena a los que ya no están, les dan un lugar, ordenan el relato y dejan que el presente respire distinto.

Si miramos el camino de la identidad que yo trabajo, el inmigrante lo recorre entero:

  • Origen: la tierra de la que venía, con sus mitos, su idioma, su paisaje.
  • Desarraigo: la partida. El corte. El «nudo de desposesión».
  • Transición: la nostalgia, el «no soy de acá ni de allá», la mirada puesta en lo que quedó.
  • Asentimiento: el momento en que pide permiso a la tierra nueva y empieza a habitarla de verdad. Honra al guardián de este suelo y reconoce que había una historia antes que él.
  • Integración: la doble pertenencia. La tierra ancestral en la memoria y la vida nueva en los pies: un puente vivo entre las dos orillas.

Eso hicieron nuestros abuelos. Y muchos no pudieron completarlo: se quedaron en la transición, con el corazón en el puerto de salida. La fiesta de Berisso, de algún modo, los ayuda a terminar el viaje.

El espejo, ahora, para vos

¿De dónde vinieron los tuyos? ¿Sabés por qué puerto entraron?

¿Qué equipaje invisible cargás sin haberlo abierto nunca: una tristeza que no es tuya, un silencio, una historia de la que nadie habla?

¿Y a qué tierra le pediste permiso alguna vez, antes de quedarte a vivir en ella?

No hace falta saberlo todo. Alcanza con empezar a mirar.

Lo que se sana y se reconoce, no se repite.

Si querés mirar el linaje del que venís —el territorio que te hizo, aunque no lo conozcas—, escribime. De esto hablo en mis libros y en mis clases, y lo trabajo en cada encuentro: Códigos del Inconsciente (que ya va por su cuarta edición), Constelando el alma con arquetipos, Tarot y Sensualidad en la vida y en los negocios y Tus Imágenes Internas.

Mis libros y mis clases los encontrás acá: https://marcealmazan.mitiendanube.com