Pasaporte dorado: el lado B del deseo de irte del país

Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal ·

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Pasaporte dorado: el lado B del deseo de irte del país

Esta semana Argentina anunció su esquema de ciudadanía por inversión: quien ponga 350.000 dólares en el país —o 800.000 en bonos— puede acceder al pasaporte. Lo llaman «pasaporte dorado» y las redes se llenaron de comentarios. Algunos festejan la oportunidad. Otros, en cambio, escribieron lo que muchas personas sienten y casi nadie dice en voz alta: «Si pudiera, me iría mañana mismo».

Esa frase es la que me interesa. Porque detrás del deseo de irse hay mucho más que economía, y como terapeuta lo veo en el consultorio desde hace años. El tema es viejo, pero esta noticia lo volvió a poner sobre la mesa.

Irse no es un plan: a veces es un síntoma

Quiero ser clara: emigrar puede ser una decisión valiente, madura y perfectamente sana. Hay quienes se van con un proyecto, con ahorros, con una red de contención y un deseo claro. Eso es elegir.

Pero hay otro movimiento, mucho más frecuente, que no es elección sino huida. Es la fantasía de que en otro país —otra ciudad, otra casa, otra vida— por fin vas a estar bien. Y esa fantasía tiene una trampa: donde sea que llegues, vas con vos.

El problema nunca es el lugar. El problema es que a veces esperamos que un cambio de geografía haga el trabajo que le corresponde a un cambio interior.

Cómo distinguir el deseo de mudarte de la necesidad de escapar

Te propongo tres preguntas honestas para hacerte antes de comprar el pasaje:

El duelo que nadie nombra: el desarraigo

Hay otro lado B de todo esto, y es el duelo silencioso de quienes se quedan y de quienes se van. Irse es también perder: la lengua cotidiana, los afectos cerca, los códigos, el cuerpo que reconoce la calle. Y quedarse, cuando todos se van, también duele. Ese desarraigo —elegido o impuesto— es un duelo legítimo que merece espacio.

En Argentina además hay una capa emocional más profunda: la sensación de país cansado, de crisis que vuelve cada tanto, de «acá no se puede». Cuando eso se instala como relato interno, el deseo de irse deja de ser una opción y se vuelve una identidad. Y desde ahí no se elige: se huye.

Qué hacer con este deseo

1. Ponerle nombre a lo que duele hoy

Antes de pensar en fronteras, escribí qué es exactamente lo que no aguantás más: ¿la plata, el trabajo, el clima social, tu casa, tu vínculo? Vas a ver que no todo se resuelve con un pasaporte.

2. Separar el contexto del proyecto personal

Hay cosas que dependen del país y cosas que dependen de vos. Confundirlas te deja sin poder de acción: todo se vuelve «culpa del contexto».

3. Mirar qué arquetipo está hablando

En lectura arquetipal, la que siempre quiere huir es la que no pudo quedarse antes, la que aprendió que irse es la única salida. Reconocerla no te saca el deseo de viajar: te saca la urgencia de escapar.

4. Decidir con el cuerpo, no con el miedo

Si pensás en irte y sentís expansión, entusiasmo, plan: eso es elección. Si sentís alivio nervioso, apuro, «cualquier lado menos acá»: eso es huida. El cuerpo no miente.

La pregunta de fondo no es dónde, es quién

El pasaporte dorado es un tema de agenda y va a seguir dando que hablar. Pero la pregunta que te dejo es otra: si mañana te dijeras que podés irte a cualquier lugar del mundo, ¿qué parte de tu vida te llevarías igual y qué parte necesitás cambiar acá? Ahí, en esa respuesta, está el verdadero viaje.

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Si sentís que el deseo de irte es en realidad un pedido de cambiar tu vida, podés agendar una consulta en el consultorio y empezar a diferenciar la huida de la elección.

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