La Corte habilitó la venta de tierras a extranjeros: el lado B del desarraigo
Por Marcela Almazán, terapeuta transpersonal · · Actualizado el 04/10/2026
La Corte habilitó la venta de tierras a extranjeros: el lado B del desarraigo
Esta semana la Corte Suprema dejó firme la derogación de la Ley de Tierras, la norma que desde 2011 ponía límites a la compra de campos por parte de extranjeros. Se cayó el tope del 15% de superficie en manos foráneas y los límites por nacionalidad. El debate público es uno: soberanía, economía, constitución. El que me interesa acá es otro: qué se mueve adentro nuestro cuando se vende el suelo.
No vengo a decirte si el fallo está bien o está mal. Vengo a mirar ese ruido de fondo que muchas sentimos y que casi nunca se nombra en voz alta.
La tierra no es solo un bien: es una memoria
Para quien nació y creció en un pueblo, en un barrio de quintas o en el campo, la tierra no es una escritura. Es la voz de la abuela nombrando las plantas, es el olor del galpón, es la prueba de que alguien de tu familia estuvo ahí antes que vos y se rompió el lomo para que vos pudieras estudiar.
Cuando ese suelo cambia de manos, no se vende solo un terreno: se vende un pedazo de la historia que te sostiene. Y aunque vos vivas en la ciudad y no tengas un metro de campo, el tema te toca. Te toca porque activa una pregunta más vieja: ¿de dónde soy?
El desarraigo tiene síntomas
El desarraigo no siempre es una mudanza. Muchas veces es un estado interno. Se manifiesta así:
- Una nostalgia sin objeto: extrañás algo que no sabés nombrar.
- La sensación de no pertenecer a ningún lado: ni al pueblo que dejaste ni a la ciudad que te adoptó.
- Ansiedad cuando se habla de mudanzas, de ventas, de herencias.
- Culpa por haberte ido, o culpa por haberte quedado.
- Necesidad de volver una y otra vez a la casa familiar, aunque ya no sea tu casa.
Si algo de esto te resuena, no es nostalgia de vieja: es un vínculo territorial que pide ser reconocido.
Lo que heredamos sin darnos cuenta
En las familias hay mandatos que nadie escribió y que igual se cumplen: «el campo no se vende», «esto es de los hijos», «acá están enterrados los nuestros». Detrás de esas frases no hay solo plata: hay lealtad, hay deuda simbólica, hay miedo a desaparecer.
Y también hay lo contrario, más frecuente de lo que se dice: familias que tuvieron que vender para comer, para pagar un tratamiento, para sobrevivir, y que cargan esa venta como una vergüenza secreta durante décadas.
Nadie se desarraiga sin dejar algo de sí en el camino. La pregunta no es si se pierde, sino si podemos nombrar lo que se pierde.
Vender, quedarse o volver: tres duelos distintos
Vender es aceptar que lo que era tuyo va a tener otro nombre. Quedarse es sostener un lugar que se vacía, con los hijos lejos y el pueblo sin jóvenes. Volver es descubrir que el lugar sigue ahí, pero vos ya no sos la misma.
Los tres son duelos, y los tres necesitan lo mismo que cualquier duelo: tiempo, palabras y alguien que escuche sin apurar el cierre.
Qué hacer con esto, hoy
- Nombrá tu territorio. Escribí en una hoja el lugar que te habita: cómo se llamaba, quién vivía ahí, qué se olía.
- Preguntá antes de que sea tarde. Hablá con los más grandes de tu familia. Cada historia que no se cuenta se pierde.
- Distinguí lo tuyo de lo heredado. ¿Querés conservar esa tierra o lo hacés por lealtad a alguien que ya no está?
- Hacé un ritual. Encender algo, plantar algo, volver una vez con intención. Lo simbólico ordena lo que la razón no alcanza.
- Traé el tema a terapia. La pertenencia se trabaja: se puede estar en paz con un lugar sin vivir en él.
La tierra que se vende es una noticia. El desarraigo es la letra chica que después nadie lee. Y leela a tiempo puede devolverte algo que creías perdido: la sensación de tener un lugar en el mundo.
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