Por primera vez en la historia, las redes sociales superaron a los medios tradicionales como fuente principal de noticias. El dato salió esta misma semana y es histórico. Pero lo que casi nadie está discutiendo no es quién te informa, sino qué te está pasando por dentro mientras te informás. Porque cuando el algoritmo elige lo que ves, también está eligiendo lo que sentís. Y eso, querido lector, querida lectora, es terreno terapéutico puro.
Bienvenidos al lado B de la intoxicación informativa.
Scrolleás. Una noticia de guerra. Un meme. Un gol del Mundial. Una indignación. Otra noticia de guerra. Un video gracioso de un perrito. Otra indignación. El dedo se mueve solo. Tu atención dura cuatro segundos por contenido. Tu sistema nervioso está procesando horror y humor en el mismo minuto, sin transición, sin integración, sin pausa.
Eso se llama disociación digital. Y es uno de los fenómenos más subestimados de nuestra era. En terapia transpersonal, la disociación es la desconexión entre lo que vivís y lo que sentís. Cuando ves 50 noticias en diez minutos y no podés recordar más de tres, tu psique está aplicando un mecanismo de defensa primitivo: desconectarse para sobrevivir.
El problema es que esa desconexión no se queda en el celular. Sale con vos a la calle. Se sienta en tu mesa. Se mete en tu cama. Y de a poco, muy de a poco, te va anestesiando para lo importante.
Pensalo un segundo. El algoritmo registra cuánto tiempo te detenés en cada noticia. Sabe qué emociones te hacen clickear. Aprendió que la indignación te retiene más que la ternura, así que te sirve más indignación. Conoce tus sesgos, tus miedos, tus deseos, tus horas de insomnio. Tiene un mapa de tu psique que ni vos tenés.
En el consultorio, yo tardo varias sesiones en conocer tus patrones emocionales. El algoritmo los detecta en tres días de scroll. Y los usa. No para curarte —para retenerte. La diferencia entre un terapeuta y un algoritmo es abismal: uno busca tu bienestar aunque duela; el otro busca tu atención aunque te destruya.
¿Te hace ruido? A mí también. Pero no alcanza con indignarse por el algoritmo. Hay que entender por qué caemos. Y la respuesta está en la regulación emocional.
Hay un patrón que veo todas las semanas en consultorio. Llega alguien diciendo «ando ansiosa», «no puedo parar de pensar», «me cuesta concentrarme». Cuando pregunto por el consumo de pantalla, la respuesta es casi siempre la misma: «mucho», «demasiado», «todo el día». La persona está usando el scroll como ansiolítico. Y el ansiolítico le está generando más ansiedad. Es la trampa perfecta.
Desde lo transpersonal, lo que está pasando es una fuga del presente. El scroll te saca de tu cuerpo, de tu respiración, de tu momento presente, y te sumerge en un flujo de estímulos que te mantienen en un estado de alerta constante pero de baja intensidad. No llegás al ataque de pánico —pero nunca llegás a la paz. Es un zumbido de fondo que se vuelve insoportable cuando intentás apagarlo.
No te voy a decir que borres las redes. Eso sería ingenuo, y además no funciona. Pero sí te propongo algo más poderoso: que vuelvas a elegir vos lo que entra a tu campo de conciencia.
La información es alimento. Así como no meterías cualquier cosa en tu plato, no tiene sentido meter cualquier cosa en tu mente. Preguntate antes de abrir la app: «¿para qué voy a entrar? ¿qué necesito saber? ¿cómo quiero sentirme después?». Si la respuesta es «no sé», «un rato», «a ver qué hay», estás entregándole el control de tu atención a un sistema diseñado para explotarla.
Elegí dos o tres fuentes de información confiables. Establecé horarios. Leé de a una noticia por vez, no de a veinte. Respirá entre una y otra. Permitite sentir lo que leíste antes de pasar a lo siguiente. Eso que parece una boludez es un acto de soberanía atencional. Y en el mundo de hoy, la atención es lo único que realmente tenés.
El gran riesgo de esta era no es estar mal informado. Es estar tan sobreinformado que ya no quede espacio para lo que verdaderamente importa: tu vida real, tus vínculos reales, tu cuerpo real. El algoritmo puede darte el mundo en la palma de la mano. Pero el mundo que importa es el que podés tocar, oler, abrazar. Y ese mundo no entra en ninguna pantalla.
Si sentís que el ruido digital te desconectó de vos mismo, la terapia transpersonal te ayuda a recuperar el eje. Porque el scroll no es terapia. Y el algoritmo, por más inteligente que sea, no tiene corazón.