Se habla otra vez de eliminar las PASO. El Congreso partido. Las discusiones políticas que suben de tono cada semana. Gente que deja de hablarse con amigos, hermanos, padres, porque piensan distinto. El otro ya no es alguien que opina diferente: es un enemigo, un peligro, un síntoma de todo lo que está mal.
Como terapeuta transpersonal, te digo algo que probablemente no escuchaste en ningún noticiero: la polarización política no es un problema de la política. Es un emergente de nuestra psiquis colectiva. Y lo que está pasando ahí afuera es un reflejo casi perfecto de lo que nos pasa adentro.
Carl Jung hablaba de la sombra: todo aquello que no puedo aceptar de mí mismo y que, por lo tanto, proyecto en los demás. Si no tolero mi propia fragilidad, veo fragilidad en el otro y la desprecio. Si no acepto mi propia agresividad, la veo en el de enfrente y le tengo miedo. Si no reconozco mi necesidad de pertenencia, me burlo de «los que siguen al líder».
La polarización argentina es una obra maestra de la sombra colectiva. Cada sector ve en el otro exactamente lo que no puede ver en sí mismo. Los «libertarios» ven en los «populistas» el asistencialismo que ellos mismos necesitaron alguna vez y niegan. Los «progresistas» ven en los «liberales» la insensibilidad social que ellos también ejercen cada vez que ignoran al que no pertenece a su tribu.
Y así, la rueda sigue girando. Porque mientras estoy ocupado señalando al otro, no tengo que mirar para adentro. Es más fácil enojarme con el político de turno que hacerme cargo de mi propia incoherencia.
Hacete esta pregunta con honestidad. ¿Por qué te altera tanto que tu tío vote a X, que tu vecina milite en Y, que tu compañero de trabajo publique Z en Instagram?
Desde lo transpersonal, la respuesta es profunda: porque el otro, con su diferencia, amenaza mi ilusión de certeza. Y sin certeza, me siento a la intemperie existencial. Si yo «tengo razón» y el otro también cree «tener razón», entonces la razón no es objetiva. Y si la razón no es objetiva, ¿qué me sostiene? ¿Quién soy yo sin mis convicciones?
Ahí aparece el vértigo. Y como el vértigo es incómodo, prefiero anular al otro. Cancelarlo. Ridiculizarlo. Deshumanizarlo. Cualquier cosa menos atravesar la pregunta incómoda: ¿y si no tengo toda la verdad?
La polarización no es solo un fenómeno político. Es un mecanismo de defensa psicológico que usamos todo el tiempo:
¿Te suena? No es exclusivo de la política. Lo hacemos en la pareja, en el trabajo, en la familia. La política simplemente le da un escenario amplificado.
La discusión sobre eliminar las PASO es fascinante desde lo simbólico. Más allá de la conveniencia política —que la hay—, ¿no te parece curioso que estemos debatiendo si eliminar una instancia que nos obliga a elegir entre los nuestros antes de enfrentar al otro?
Elegir es difícil. Elegir duele. Elegir implica renunciar. Y como sociedad, tenemos una relación complicadísima con la renuncia y el compromiso. Queremos todo: el ajuste fiscal y los subsidios, el estado presente y los impuestos bajos, la libertad individual y la contención colectiva. La interna —la verdadera, la que no se vota en las urnas— es entre nuestras propias contradicciones.
Las PASO son solo la puesta en escena de una dificultad más honda: la dificultad de definir quiénes somos como pueblo, qué priorizamos, qué estamos dispuestos a sacrificar. Si no podemos resolver la interna personal —entre el adulto responsable y el pibe que quiere todo ya—, difícilmente resolvamos la política.
No te estoy diciendo que no milites. No te estoy diciendo que no tengas convicciones. Te estoy invitando a sostener tus convicciones con una mano y, con la otra, hacerte estas preguntas:
La reconciliación política empieza por la reconciliación interior. Cuando puedo abrazar mis propias contradicciones —mi propio libertario interno y mi propio populista interno, mi parte conservadora y mi parte transgresora— dejo de necesitar que el otro sea el enemigo. Porque ya no necesito un enemigo afuera para sentirme coherente.
El otro no es el problema. El otro es el mensajero. Vino a mostrarte lo que todavía no podés ver en vos mismo. ¿Lo vas a echar o lo vas a escuchar?
La grieta más urgente que tenemos que cerrar no es la de la política. Es la que tenés adentro tuyo. Porque cuando estás en paz con tus propias sombras, nadie te saca de tu centro. Vote quien vote. Gobierne quien gobierne.