Argentina está en semifinales del Mundial 2026. La Scaloneta le ganó a Suiza en tiempo extra con una garra que nos hizo llorar a todos. Las calles se llenaron de camisetas, cánticos y abrazos entre desconocidos. Y está bien. Está hermoso. Pero hoy quiero hablarte de algo que nadie está diciendo: ¿qué hay detrás de esa euforia que nos atraviesa como un rayo cada cuatro años?
No voy a quitarte la alegría. Al contrario. Voy a invitarte a mirarla más de cerca, con los ojos de quien hace más de quince años acompaña procesos de transformación personal. Porque hay un lado B de la fiesta mundialista que merece ser escuchado.
Pensalo un segundo. ¿Cuándo fue la última vez que abrazaste a un desconocido en la calle sin que hubiera un gol de por medio? ¿Cuándo fue la última vez que sentiste que todos —el kiosquero, la médica, el remisero, la maestra, el pibe del delivery— éramos parte de lo mismo?
La euforia mundialista nos regala algo que la vida cotidiana nos niega: la experiencia de sentirnos tribu. De pertenecer. De ser parte de un «nosotros» que trasciende las diferencias. Y si esto nos emociona tanto, es porque en el fondo hay una necesidad profunda —y legítima— de conexión que no estamos satisfaciendo en el día a día.
Desde la mirada transpersonal, esto no es casualidad. El ser humano tiene un impulso natural hacia la unión, hacia la experiencia de totalidad. Cuando no la cultivamos conscientemente, la buscamos donde podemos: en un partido, en un recital, en una marcha. Y está perfecto. Pero también es una invitación a preguntarnos: ¿qué pasaría si pudiéramos sentir esa hermandad sin necesidad de un rival enfrente?
Hay algo que vi en el consultorio durante los últimos mundiales: pacientes que llegan con una angustia inexplicable justo cuando «tendrían que estar felices». La euforia colectiva también empuja hacia afuera lo que no queremos mirar.
Mientras Argentina juega, el país se paraliza. La inflación, el ajuste, la incertidumbre laboral, los vínculos rotos, la soledad… todo eso queda en pausa. Pero no desaparece. Queda flotando en el aire como una nube densa que va a volver a descargar apenas termine el partido.
Y entonces aparece —a veces sin que nos demos cuenta— la gran pregunta existencial: ¿quién soy yo cuando no soy «el campeón»? ¿Qué me sostiene cuando no hay un triunfo que celebre? Porque si mi identidad depende de que la Selección gane, estoy construyendo sobre arena movediza.
Esto es fuerte y quiero que lo leas con honestidad. La alegría más intensa que sentimos en un partido no es cuando hacemos un gol. Es cuando el rival no lo hace. Cuando el otro falla. Cuando el otro se va perdiendo.
No te estoy juzgando. Es humano. Pero desde la terapia transpersonal te pregunto: ¿no será que proyectamos en el equipo rival todo aquello que no toleramos en nosotros mismos? La fragilidad, la impotencia, la derrota. Celebramos que «el otro pierda» porque nos alivia no ser nosotros los que caemos.
Este mecanismo —proyectar la sombra en un otro y después festejar su caída— se repite en la política, en las relaciones de pareja, en el trabajo, en la vida. El Mundial simplemente lo vuelve visible, masivo y socialmente aceptado.
No estoy en contra del fútbol. Al contrario. Creo que el fútbol es uno de los rituales colectivos más poderosos que nos quedan como sociedad. Es un espacio donde la emoción se permite fluir sin filtros, donde el cuerpo grita, llora y abraza sin pedir permiso. En un mundo que nos quiere anestesiados y productivos, eso ya es revolucionario.
Pero el ritual es más transformador cuando lo hacemos consciente. Cuando puedo disfrutar del partido y al mismo tiempo registrar qué me está pasando por dentro. Cuándo me exalto. Cuándo necesito que el otro pierda. Cuándo mi autoestima se monta al resultado de un partido que juegan veintidós personas que no conozco.
Esa conciencia no te quita la alegría. Te la profundiza. Porque ya no es una euforia prestada: es una celebración que nace de un lugar más genuino.
Te propongo algo. Mientras mirás el partido contra Inglaterra, hacé este ejercicio:
No tenés que responder en voz alta. Solo hacete la pregunta. El simple hecho de preguntarte ya transforma la experiencia de automática a consciente.
Y si el fútbol no te interesa, este mismo ejercicio aplica para cualquier cosa que te saque de tu centro: la política, el trabajo, las redes sociales, la pareja. Lo que te altera te está mostrando algo. Escuchalo.
Somos mucho más que un resultado. Somos mucho más que una camiseta. Y sin embargo, qué hermoso es celebrar juntos. Que estas semifinales nos encuentren despiertos, abrazados y un poquito más conscientes de lo que nos une como pueblo. 🇦🇷
La verdadera victoria no es ganarle al otro. Es dejar de necesitar que el otro pierda para sentir que vos valés.
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