Estamos todos mirando el mismo reloj, la misma pantalla, la misma pelota. Argentina juega los cuartos de final del Mundial 2026 y el país entero contiene la respiración. En cada esquina se escucha la misma frase: «tenemos que ganar». Y sí, claro que queremos ganar. Pero hay algo en la forma en que vivimos este partido que merece una pausa. Un respiro. Una pregunta que casi nadie se anima a hacer: ¿qué pasa adentro nuestro si perdemos?
No hablo de la bronca del domingo, del enojo con el árbitro, del «otra vez será». Hablo de ese vacío existencial que asoma cuando nos quedamos sin el espejo donde mirarnos. Porque esto ya no es solo fútbol: es identidad. Es pertenencia. Es sentido.
Hace más de quince años que acompaño procesos terapéuticos y vi una y otra vez el mismo patrón: cuando una persona deposita todo su valor en algo externo —una pareja, un trabajo, un título— tarde o temprano ese castillo se derrumba. Lo mismo pasa como sociedad.
Argentina viene de un proceso colectivo intenso. Crisis económicas, grietas políticas, inflación que te licúa los ahorros, incertidumbre permanente. Y en ese contexto, la Selección se convirtió en el único lugar donde todo parece tener sentido. Donde ganamos. Donde existimos para el mundo. Donde Lionel Messi —el pibe de Rosario que llegó a la cima del universo— nos devuelve la ilusión de que nosotros también podemos.
Pero ojo: hay una diferencia enorme entre disfrutar de un proceso colectivo y necesitarlo para sostener tu estabilidad emocional. Lo primero es celebración. Lo segundo es dependencia.
En psicología transpersonal hablamos de «proyección» cuando ponemos afuera algo que nos pertenece adentro. Messi concentra hoy todas nuestras expectativas de redención, de justicia, de épica. Es el héroe que va a resolver lo que nosotros no podemos.
¿Te suena? Es exactamente lo mismo que hacemos cuando esperamos que un líder político nos salve, que una pareja nos complete, que un aumento de sueldo nos dé paz. El mecanismo es idéntico: la salvación puesta afuera.
Y acá viene el verdadero lado B de este Mundial: ¿qué pasaría si en lugar de pedirle a Messi que cargue con nuestra psique colectiva, cada uno de nosotros se hiciera cargo de su propio bienestar emocional?
Hay un fenómeno que observo hace años en el consultorio: los días posteriores a una victoria importante de la Selección, aumentan las consultas. La gente se siente rara. Como si la euforia compartida hubiera destapado algo que no esperaban encontrar.
Es que la felicidad prestada tiene fecha de vencimiento. Cuando la fuente de tu alegría está afuera, cuando depende de un resultado que no controlás, la caída es inevitable. Y eso que emerge en el vacío post-eufórico es oro puro para el trabajo terapéutico: son tus propias necesidades no escuchadas pidiendo atención.
No te estoy diciendo que no mires el partido. Faltaba más. Yo también lo voy a ver, voy a gritar los goles y probablemente voy a putear al árbitro en algún momento. Pero te invito a hacer algo distinto mientras tanto:
Preguntate: ¿qué necesito yo, hoy, para estar bien, más allá de lo que pase en la cancha?
Esa pregunta es profundamente transpersonal. Porque te saca del resultado y te mete en el proceso. Te corre del afuera y te trae al adentro. Te recuerda que vos existís con o sin Copa del Mundo.
El verdadero campeonato no se juega en México, Canadá o Estados Unidos. Se juega en tu capacidad de habitar la incertidumbre sin desmoronarte. En tu habilidad para celebrar sin depender. En tu coraje para mirar lo que hay adentro tuyo cuando no hay un partido que te distraiga.
«La verdadera independencia no es ganar un Mundial. Es saber quién sos cuando nadie te está mirando.»
Ojalá ganemos. De corazón. Pero que la alegría sea un plus, no un requisito para estar bien. Porque si necesitás que Argentina salga campeón para sentir que tu vida tiene sentido, el problema no está en la cancha. Está en algo que merece ser mirado, acompañado y sanado.
El lado B de este Mundial no es amargo ni aguafiestas. Es amoroso. Es la invitación a que uses este momento de intensidad colectiva como un espejo para conocerte mejor. Para ver dónde ponés tu poder. Para preguntarte de qué sos verdaderamente hincha en tu vida.
Y si querés trabajar eso en un espacio seguro, acompañado por una mirada profesional, reservá tu sesión acá. Porque la terapia también es un partido. Pero uno en el que siempre, siempre, ganás vos.