Argentina 3, Cabo Verde 2. En tiempo suplementario. Con el corazón en la boca. Otra vez.
Lo festejamos, claro. Pero, ¿te pusiste a pensar por qué siempre tiene que ser así? ¿Por qué necesitamos rozar el abismo para sentir que la victoria vale? No es fútbol solamente. Es un guion psíquico que repetimos como país, como sociedad, y muchas veces como individuos.
Argentina tiene una relación particular con el sufrimiento. Lo convertimos en identidad. «La nuestra», decimos con orgullo, como si gozar fuera de caretas y padecer fuera de auténticos. El partido contra Cabo Verde —que nadie esperaba que nos complicara tanto— activó ese programa mental que nos habita: si no sufrís, no vale.
Desde la psicología transpersonal, esto no es casualidad. Es un imprinting colectivo. Una huella energética que heredamos y transmitimos sin cuestionar. ¿Cuántas personas conocés que solo se permiten disfrutar después de haber pasado por un calvario? ¿Cuántas relaciones, trabajos, proyectos personales sostenés desde el «todo cuesta» como premisa incuestionable?
El cerebro se acostumbra. Literalmente.
Cuando vivimos en modo «supervivencia emocional» —angustia, tensión extrema, alivio catártico— el sistema nervioso genera un cóctel químico que, repetido en el tiempo, se vuelve adictivo. Cortisol, adrenalina, dopamina del alivio final. Es el mismo ciclo de las relaciones tóxicas, las adicciones, los vínculos intermitentes.
Lo vi cientos de veces en el consultorio: pacientes que no saben habitar la calma. Que cuando todo está bien, encuentran —inconscientemente— la forma de generar un conflicto. Porque el sistema nervioso pide ese pico. Porque la paz les resulta desconocida, casi amenazante.
A escala colectiva, pasa lo mismo. Argentina entera entró en trance el otro día. Millones de sistemas nerviosos sincronizados en la misma montaña rusa. Y ojo: no estoy diciendo que esté mal mirar fútbol. Estoy diciendo que vale la pena preguntarse qué hay detrás de esa necesidad de drama.
La terapia transpersonal trabaja justamente esto: observar los patrones sin juzgarlos, reconocerlos, y elegir si queremos seguir sosteniéndolos. Porque una cosa es el dolor inevitable de la vida, y otra muy distinta es el sufrimiento que nos fabricamos.
Hay una pregunta que suelo hacer en sesión y que hoy te dejo a vos:
Si tu vida fuera un partido, ¿estás jugando para ganar o estás jugando para sufrir y después ganar?
Porque el universo no te pide sufrimiento a cambio de tus logros. Eso es un mandato ancestral, una lealtad invisible a generaciones que sí la pasaron mal. Honralas. Pero no repitas su destino.
Argentina va por Egipto el 7 de julio. Ojalá ganemos. Pero ojalá también empecemos a permitirnos —como país, como personas— la posibilidad de disfrutar sin necesidad de sangrar primero.
Esa es la verdadera evolución. La que no sale en los diarios, la que no comenta nadie en las redes. La que ocurre puertas adentro, en la intimidad de una sesión, cuando alguien se da cuenta de que merece estar bien sin tener que justificarlo con dolor previo.
Pensalo. Y si resuena, ya sabés dónde encontrarme.