Hay guerras que se explican con mapas, fechas y banderas. Y hay guerras que solo se entienden cuando escuchás a la tierra de fondo — porque la tierra, cuando algo anda mal, se queja. Y hace más de dos años que el suelo ucraniano no hace otra cosa.
Lo primero que se ve es un territorio al que le están negando su semilla. Ucrania es, desde lo más profundo, tierra de vida: los campos de trigo que alimentan a medio mundo, los niños que nacen entre escombros, los proyectos que se construyen y se bombardean antes de crecer. Es un lugar al que no se le deja tener primavera. Cada cosecha es una apuesta contra la muerte. Cada inicio, una resistencia. La tierra ahí está pidiendo algo muy simple y tremendo: que la dejen engendrar.
Y al que debía sostenerla, lo mira desde la sombra. Toda tierra tiene quien la nutre, quien la custodia, quien carga la responsabilidad de que siga viva. Pero acá hay un peso que no es de cuidado: es de dominio. Una mano que en vez de sostener, aprieta. Un poder que confunde responsabilidad con propiedad, y que cree que un territorio se posee. Cuando el que debería proteger se convierte en el que arrasa, el desorden no tarda: se vuelve guerra.
También está negándose el cierre de un ciclo. Este conflicto no es solo de ahora. Ucrania carga con una historia de despojos repetidos: invasiones, particiones, pueblos sacados de su tierra una y otra vez por imperios que cambiaron de nombre pero no de gesto. Todo ciclo que no se cierra con dignidad se repite. Y lo que estamos viendo es exactamente eso: una herida que vuelve porque nunca fue mirada de verdad, un ocaso que se impone a la fuerza en lugar de una cosecha que se honra.
Y en el fondo, la memoria sagrada del territorio. Porque esta es tierra con alma propia, con un genius que la habita desde siempre: ríos que son frontera y memoria a la vez, comunidades que tejieron su identidad con el barro de sus campos, ancestros que duermen en ese suelo y que hoy son bombardeados en su propio cementerio. Cuando la artillería cae, no cae solo sobre edificios: cae sobre la memoria de todo un pueblo. La tierra se acuerda de cada uno de sus hijos. Y está gritando que la dejen recordar en paz.
Después de más de 20 años de trabajo en consultorio, aprendí que cuando una herida se repite sin importar cuántas veces cambie el escenario, hay un desorden que pide ser reconocido. Los pueblos son como las personas. Y esta tierra no necesita solo un alto al fuego: necesita que le devuelvan su semilla, que la sostengan sin pretender poseerla, que le permitan cerrar sus ciclos con honor, y que reconozcan la memoria de todos los que ya no están.
Porque cuando miramos una guerra así, tan lejos y tan cerca a la vez, hay algo que no podemos eludir: ¿qué me está mostrando esto de mí?
No como noticia ni como horror ajeno. Como espejo.
Porque todos llevamos una Ucrania dentro. Un territorio nuestro que pide nacer y no lo dejamos; un lugar que necesita ser sostenido y que alguien intenta dominar (o que nosotros mismos dominamos con nuestra propia crítica); un ciclo que se resiste a cerrarse con dignidad; y una memoria — familiar, ancestral — de despojos que todavía nos duelen sin reconocer.
¿Qué parte de vos está pidiendo nacer y no la dejás?
¿Quién — o qué — está intentando poseerte en vez de sostenerte?
¿Qué ciclo necesitás cerrar con honor, en lugar de repetirlo?
¿Y qué memoria de tu propia historia sigue esperando que la reconozcas para poder sanar?
Porque Ucrania, como vos, no se sana con lo que se le pone encima.
Se sana con lo que se le devuelve.