Francia se quema. España evacúa a sesenta mil personas. Argentina mira al cielo esperando que El Niño no nos golpee tan fuerte como dicen los pronósticos. Los noticieros hablan de hectáreas devastadas, de bomberos exhaustos, de récords de temperatura. Y vos, mientras tanto, sentís una angustia rara en el pecho que no sabés muy bien de dónde viene.
No es solo preocupación por el planeta. Es otra cosa. Es más íntima. Más personal. Como si ese fuego exterior estuviera activando algo adentro tuyo que no terminás de entender.
Bienvenido al lado B de los incendios. La lectura que no vas a encontrar en ningún diario.
Se llama eco-ansiedad y cada vez más personas la experimentan. Es esa sensación difusa de angustia, de amenaza inminente, de que todo se va al carajo y no hay nada que puedas hacer. Es mirar las noticias del clima y sentir que el mundo se desmorona delante tuyo.
Pero acá viene lo interesante, lo que trabajo todos los días en el consultorio: el miedo al colapso externo casi siempre es el reflejo de un colapso interno que no estás procesando.
Lo que te angustia del mundo exterior te está hablando de tu mundo interior.
Carl Jung decía que los elementos no son solo fenómenos físicos. Son arquetipos. Símbolos universales que viven en el inconsciente colectivo y que se activan ante determinados disparadores.
El fuego representa la transformación. Destruye, sí. Pero también purifica. También renueva. También ilumina lo que estaba en la oscuridad.
Cuando ves los incendios en Europa y te invade la angustia, ¿estás seguro de que es solo por los árboles? ¿O hay algo en vos que también está pidiendo ser quemado, transformado, renovado?
En Argentina estamos mirando al cielo esperando El Niño. Otra vez. Los recuerdos de inundaciones pasadas, de cosechas arruinadas, de pueblos enteros bajo el agua. La incertidumbre climática ya no es un concepto abstracto. Es una experiencia visceral que activa tu sistema nervioso simpático: modo supervivencia, tensión constante, estado de alerta.
Tu cuerpo no distingue entre una amenaza real y una amenaza imaginada. Lee titulares catastróficos y reacciona como si el incendio estuviera en tu living.
¿Cuánto hace que vivís en ese estado de alerta sin darte cuenta? ¿Cuánto cortisol acumulado tenés circulando por tus venas cada vez que abrís el feed de noticias?
No te voy a pedir que dejes de mirar el noticiero. Te voy a pedir algo más profundo:
Desde la mirada transpersonal, no hay separación entre lo que pasa afuera y lo que pasa adentro. La naturaleza no es «el otro». Es tu extensión. Y cada incendio, cada sequía, cada tormenta, es también un mensaje simbólico sobre lo que colectivamente estamos viviendo como humanidad.
El planeta arde porque nosotros ardemos. De ambición mal gestionada. De desconexión. De velocidad. De olvido de lo sagrado.
La buena noticia es que así como aprendiste a intoxicarte de malas noticias, podés aprender a sintonizar con otra frecuencia. La frecuencia de la tierra que, incluso en medio del fuego, sigue sosteniéndote.
Si la eco-ansiedad te está pasando factura y querés trabajarlo en un espacio terapéutico, te espero en el consultorio.